Amor Materno en la Invitación a la Regeneración
¿Os habéis recordado siempre de mí, durante este tiempo que estuve lejos de vosotros? Por mi parte, ni por un solo momento, verdaderamente, me he olvidado de vosotros; dejada la ciudad, no he dejado, en absoluto, de recordaros por que llevo siempre conmigo, las dulces imágenes de vuestras almas, como los enamorados, que aunque lejos, llevan por doquier consigo la semblanza de la persona amada.
También yo estoy atrapado por vuestra gracia espiritual, y como los pintores extraen las imágenes de los cuerpos, mezclando diversos colores, del mismo modo yo, he compuesto los varios colores de vuestra virtud, la diligencia en la asamblea, la atención para escuchar, la benevolencia en tratar a quien les habla y otras aún.
Pintando los rasgos de vuestra alma y poniéndolos ante los ojos, de tal imaginación he recibido, mucho consuelo la distancia, sentándome en casa o levantándome y calmando, reposando o entrando y saliendo; siempre y continuamente volvía a soñar con vuestro amor, no sólo de día sino también de noche, alimentándome de tales imágenes, encontrando alegría, con la misma pasión de Salomón, cuando dijo: «Yo duermo, pero mi corazón vigila» (Cant. 5;2).
El Amor de Juan por sus Amigos
De hecho, la necesidad del sueño me cerraba los párpados, pero la tiranía de vuestro amor, alejaba luego el sueño de los ojos de mi alma, y a menudo creía hablar con vosotros en sueños; porque el alma por naturaleza sueña de noche lo que piensa de día, y esto me ha sucedido en este tiempo. No viéndoos con los ojos de la carne, os miraba con aquellos del amor; lejano con el cuerpo, me encontraba muy cerca de vosotros, con el afecto y también, en mis oídos resonaban siempre vuestras voces.
La enfermedad física me obligaba a quedarme aún allá, a disfrutar lo saludable del aire para la salud del cuerpo; sin embargo, el ímpetu del amor por vosotros, no me permitió y gritando y no cesando jamás de solicitarme, me ha convencido, finalmente, a regresar antes del tiempo que sería necesario, haciéndome estimar vuestra compañía, como mi bien y alegría. Así convencido, más que restablecido completamente de la enfermedad física, sufriendo por vuestro amor, he elegido volver, aunque arrastro conmigo los trastornos de la enfermedad.
El Dolor de Pablo por sus Fieles
Allí me sentía acusado por vosotros, recibía continuamente cartas que me transmitían vuestras recriminaciones, a las cuales prestaba atención, no menos que a las alabanzas, porque finalmente también las quejas eran de almas que sabían amar. Por eso, he decidido levantarme de la cama y correr hacia vosotros, a quienes no podía alejar jamás de la mente.
¿Qué maravilla es que me recordase así de vuestra caridad, mientras vivía en el campo, gozando un poco de libertad, desde el momento que Pablo se recordó de los hermanos, cuando estuvo encadenado en una cárcel y veía pender sobre su cabeza, una infinidad de peligros? Encontrándose en la prisión, como en el campo abierto, así les escribía: «Es justo del resto que yo piense esto de todos vosotros, porque os llevo en el corazón, sea en las cadenas, sea en la defensa y en la consolidación del Evangelio» (FU. 1:7 ).
De afuera, cadenas de hierro por parte de los enemigos; de dentro, cadenas de amor, por los discípulos; aquellas exteriores eran forjadas de hierro, las interiores eran hechas de amor; aquellas se las sacó a menudo de encima, éstas no las rompió jamás. Como todas las mujeres, después de haber tenido la experiencia de los dolores de parto y siendo madres quedan por siempre ligadas a los que han dado a luz, así y más intensamente, Pablo se sintió atado a sus discípulos; tanto más intensamente, cuanto que la generación espiritual es fruto del amor más ardiente que el que proviene de la generación física.
No una o dos veces sufrió los dolores del parto, cómo lo dijo dando gemidos: «Mijitos míos, que yo de nuevo os engendro en el dolor» (Gal. 4:19). Si una mujer no puede jamás sufrir los dolores del mismo parto, por una segunda vez, Pablo en cambio, sufrió exactamente esto, que no es encontrable físicamente, es decir, parir de nuevo a los hijos ya engendrados, sufriendo por segunda vez, los fuertes dolores del parto. Con estas palabras: «que yo de nuevo genero en el dolor,» él quería conmoverlos casi con decir: «Evitadme los segundos dolores del parto; ningún hijo, atormenta así el seno de su madre, como vosotros con los sufrimientos que hacéis pasar; aquellos dolores destrozan por poco tiempo y cuando sale la criatura del seno, cesan, mientras que los dolores de este parto, permanecen por meses.»
Y Pablo, de hecho a menudo, sufrió por un año entero, a veces sin engendrar aquellos que había concebido. Allí, se trata de un sufrimiento de la carne, aquí los dolores no atormentan al vientre, sino desgarran hasta las fuerzas del alma. Para saber cómo estos dolores son más fuertes que los otros, busca de reflexionar que ninguna madre desearía sufrir por los propios hijos la Gehenna, mientras Pablo no sólo prefirió soportar la Gehenna, sino se auguró hasta de ser separado de Cristo (Rom. 9:3), para poder regenerar a los Judíos por los que sufría, siempre y continuamente, los dolores del parto; y porque no lo lograba, lloró exclamando: «Tengo en el corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» (Rom. 9:2), y todavía: «Hijitos míos, que yo engendro, nuevamente, por el dolor hasta que en vosotros se haya formado Cristo» (Gal. 4:19).
¿A qué seno podríamos decir más feliz, que aquél que llegó a engendrar tantos hijos que llevaron en sí a Cristo? ¿Cuál, más fecundo que aquél que engendró el mundo cristiano? ¿Cuál, más gallardo que el suyo que tuvo la fuerza de concebir y plasmar, por segunda vez y en manera perfecta, los hijos ya engendrados, crecidos y casi abortados, cosa que no es posible que suceda en la naturaleza?
Porque después no dijo: «Hijitos míos, que yo de nuevo engendro» pero usó el verbo que indica el parto entre los dolores. Otras veces usó el verbo engendrar: «Soy yo pues,» dice, «que os he engendrado en Cristo Jesús» (1Cor. 4:15), cuando quiere indicar solamente la parentela; allí, en cambio, quiere subrayar la connotación de los dolores.
Además ¿cómo los llamó hijos suyos, prescindiendo del parto sucedido? Pues si sufrió los dolores, no los dio entonces a luz. ¿Cómo, por eso, llamarlos hijos? Para hacernos saber que aquí, no se trataba de los dolores del primer parto. La expresión tendría que sacudirlo, porque valía decir: «He sido vuestro padre, ya una vez; he sufrido ya, lo que tenía que sufrir cuando fuisteis engendrados, y nacisteis de mí, ya una vez; ¿porqué entonces me ponéis una y otra vez en dolores? No bastaban sólo con los dolores que se sufren en el parto ¿porqué me destrozáis con nuevos dolores?
De hecho, las caídas de los fieles no le fueron menos dolorosos que la de los infieles, porque no podía dejar de sufrir verlos arruinarse en la impiedad, después que habían participado a tan grandes misterios. Se lamentaba, por eso, amargamente y más acerbamente, de cuanto una mujer que da a luz, diciendo: «Hijitos míos, que yo de nuevo engendro en el dolor, hasta que en vosotros no sea formado Cristo» (Gal. 4:19).
Con estas palabras, quería infundir juntamente esperanza y temor; la expresión, en cuanto lamento que en ellos no se había aún formado Cristo, dice temor y angustia; en cuanto significa que, en ellos se podía formar Cristo, dice más bien esperanza; las palabras «hasta que no sea formado,» expresan propiamente la condición de quien quería decir las dos cosas, que aún no se había formado y que podía formarse. Si el formarse no fuera posible, no habría tenido sentido el decir a ellos: «Hasta que en vosotros no sea formado Cristo,» y él les habría nutrido de vanas esperanzas.
La Desesperación y la Presunción, Armas del Demonio para Nuestra Ruina
Cuando estemos convencidos de esto, no desesperemos ni tampoco presumamos, para quedarnos con las manos quietas, porque entre ambos comportamientos, son perniciosos. La desesperación, no hace resurgir a quien haya caído; y la presunción lleva a la pereza y hace caer a quien está en pie; la primera normalmente termina, con hacernos renunciar a los medios que tenemos a disposición; la segunda no nos los hace utilizar para liberarnos de los males en los cuales estamos sumergidos. Mientras la negligencia nos precipita, aunque hayamos llegado a lo más alto de los cielos, la desesperación nos precipita al fondo del abismo de la maldad; no desesperando aún se puede salir de allí.
La Desesperación de Satanás
Observa, además, lo que han hecho los dos comportamientos en el diablo. Antes de rebelarse era bueno, pero por causa de la negligencia y de la desesperación, precipitó gravemente en el mal, del cual no pudo más levantarse. Que antes era bueno lo afirma la Escritura: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un fulgor» (Lc. 10:8 ); la similitud del fulgor, manifiesta la luz de aquel que había subido en lo más alto y su perversión, cuando descendió tan bajo.
Pablo, antes blasfemador, perseguidor y violento, subió tan alto hasta ser igual a los ángeles, porque no desesperó y se esforzó; Judas, en cambio, de apóstol, se hizo traidor, porque fue negligente; el ladrón tan malvado como era, subió al paraíso antes que los otros, porque no desesperó; mientras el fariseo por su altanería, fue precipitado de lo alto, el publicano, en cambio, fue elevado tanto que llegó a ser superior a éstos porque no desesperó.
El Ejemplo de los Ninivitas
¿Quieres que te demuestre, cómo esto se verificó con toda una ciudad? Con tal conducta, se salvó por completo la ciudad de Nínive. Contra los ninivitas ya estaba pronunciada la sentencia y ellos llegaron a la desesperación, no obstante lo cual, la ciudad fue salvada. El profeta no había dicho explícitamente que se salvarían, si se convertían, sino simplemente: «aún cuarenta días y Nínive será destruida» (Gen. 3:4 ); con todas las amenazas de Dios, los clamores del Profeta y la sentencia que no admitía dilación ni era conmutable, ellos no se desanimaron ni perdieron la esperanza de salvación.
El Profeta no quiso usar explícitamente el condicional, haciendo modificable la sentencia con decir que si ellos se arrepentían serían salvados, justamente, porque también nosotros, sabiendo inapelable la sentencia de Dios no nos desesperemos y viéndola conmutable como fue entonces, podamos no desanimarnos.
Aquí, no sólo podemos observar la clemencia de Dios, que se reconcilió con los penitentes después de sentencia inapelable, sino también la finalidad por la cual pronunció tal sentencia, sin apelación, para aumentar en ellos el temor y despertarlos de la gran pereza. La misma determinación del tiempo demuestra su inefable benignidad, porque de hecho, tres días bastaron para cancelar tanta malicia. ¿Ves cómo también de esto resulta claro la providencia divina que, más que otra cosa, obraba para la salvación de la ciudad? Por tanto, estemos convencidos y no desesperemos jamás, porque el diablo no tiene arma más potente que la desesperación, y en consecuencia, con ningún otro pecado le damos tanta alegría.
Pablo Amonesta a los Corintios
Escucha cómo Pablo temiese más por la desesperación del fornicador que, por el mismo pecado.. Así, pues, dijo escribiendo a los Corintios: «Se escucha por doquier entre vosotros hablar de inmoralidad tal que no se encuentra ni entre los paganos» (1Cor. 5:1). No dice que se atrevía a cometer entre los paganos, sino que no se encontraba entre ellos, lo que quiere decir: «Vosotros hacéis lo que aquellos no permiten que ni se nombre, no obstante, os infláis de orgullo» (1Cor. 5:2).
No afirmó que aquél se había inflado, sino que dejando hablar del pecador, se dirigió a los sanos como hacen los médicos que, cuando despiden a los enfermos, se quedan a hablar, preferentemente, con aquellos que se le acercan. En otras palabras, considerad a los Corintios, responsables también ellos de aquella locura, en cuanto no la habían corregido o amenazado. Entonces, en la reprimenda amenazó al pecador para que fuese rápida la curación de aquella plaga.
Verdaderamente, el pecado es un desastre, cuando se vuelve más grave por orgullo de pecar; si el inflarse por la santidad, es causa de su misma pérdida, enorgullecerse por el pecado, arrastra más ruinosamente a la extrema perdición, siendo tal culpa, más grave que los mismos pecados. Por esto está escrito: «Cuando hayáis hecho todo aquello que os fue ordenado, decid somos siervos inútiles» (Lc. 17:10).
Ahora, si se deben humillar aquellos que observan cuanto está ordenado, es más que justo que los pecadores lo hagan mucho más, llorando y colocándose entre los últimos. Esto quiso decir el Apóstol con estas palabras: «¿Y por qué, preferentemente, no os habéis afligido?» (1Cor. 5:2).
¿Qué decís? ¿Otro ha pecado y yo tengo que afligirme? Sí, responde; porque unos estamos ligados a otros, como los miembros de un solo cuerpo. En el cuerpo observamos cómo, herido el pie, se dobla sobre la llaga la cabeza; la cabeza es juzgada por nosotros más digna de consideración pero en caso de adversidad no se detiene en su dignidad; obra también tú, de la misma manera.
Pablo exhorta a «alegrarse con los alegres y a llorar con los que lloran» (Rom. 12:15); por eso a los Corintios continúa diciendo: «¿Y no os habéis afligido para que fuera echado de entre vosotros, el autor de semejante acción?» (1Cor. 5:2). No los reprende porque no se han curado, sino porque más bien, no se habían entristecido por el hecho de que toda la ciudad fuese castigada de semejante peste o epidemia.
Los exhortó al deber de la oración, de la confesión y de la imploración para que toda la ciudad se librase de tal enfermedad. ¿No ves, con qué fuerza los atemorizaba? Los puso al borde de la muerte, porque habían creído que aquel mal, se quedaría en aquel hombre y no afectaría a los demás, diciendo: «¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?» (Cor. 5:6 ). Y ciertamente es así: el mal camino, poco a poco, infecta a todos los miembros; por tanto, quien se empeña por el bien común, tiene que preocuparse de esto. No me vengáis a decir, que fue aquel quien pecó, piensa más bien, que la terrible enfermedad de la cual está infectado, infeccionará todo el resto del cuerpo.
Como cuando se quema una casa, aquellos que se libraron del flagelo, no se quedan menos preocupados que aquellos que están adentro, y se empeñan al máximo paja que el fuego, que continúa avanzando, no llegue hasta las puertas de sus casas, de la misma manera, también Pablo despertó del sueño a los Corintios como quien dice: «Está produciéndose un incendio, prevengámonos del peligro y apaguémoslo antes que se propague a toda la Iglesia.» Si no das ninguna importancia a la culpa porque no la has cometido tú, como si perteneciera a otro cuerpo, esto será peor para ti, porque el otro es miembro del mismo cuerpo.
También los Judas no deben Desesperar
Considera también, que si actúas con superficialidad y despreocupación frente al mal, éste, en cierto momento, te infectará; por tanto, si no es par el hermano, despiértate por ti mismo, aleja la peste y reprime la locura, bloqueando el desastre.
Por eso, Pablo después de haber dicho esto a los Corintios y haberles impuesto la obligación de entregarlo en manos de Satanás, habiéndose aquél convertido y mejorado, agregó inmediatamente: «Es ya suficiente el castigo que sobrevino a los demás, así que tendréis que tratarlo con caridad» (2Cor. 2:8 ).
Después de la Represión, la Caridad
Primero lo había presentado a todos, como un adversario y enemigo, excomulgándolo y expulsándolo de la grey; luego observa con cuánta consideración lo trata para reconciliarlo y readmitirlo. No exhorta simplemente a amarlo, sino a «tratarlo con caridad,» es decir, a demostrarle un amor firme y estable, con una benevolencia calurosa, ferviente, inflamada que fuera apta para balancear la procedente adversión.
¿Qué cosa ha pasado? Dime, ¿no lo había entregado a Satanás? Sí, responde; pero no para que quedase en sus manos, sino más bien, para librarlo rápidamente de la tiranía de Satanás. Mira, repito, cómo Pablo teme a la desesperación, porque es arma potente del diablo. Dice, por tanto, de usar benevolencia dando para ello, esta motivación: «Para que él, no sea atrapado por una aflicción más fuerte» (2Cor. 2:7 ). La oveja, quiere decir, está entre las fauces del lobo, apurémonos entonces a arrancársela antes que la devore, para que no se pierda un miembro de nuestro cuerpo; la nave corre el peligro del naufragio, apurémonos a salvarla antes que se hunda, porque cuando el mar está agitado y se levantan de todas partes, violentas olas, la embarcación corre el riesgo de sumergirse; así también su alma, asaltada por todas partes por la tristeza, será rápidamente sumergida, si no encuentra a alguien que le dé una mano. La aflicción por el pecado es saludable, pero si es desmedida lo hace desesperar.
Mira, por eso, cómo es exacta la expresión, que nos dice: «Que Satanás no lo haga caer en ruina,» pero ¿qué dice? Para que no caigamos en poder de Satanás (2Cor. 2:11). Se dice poder, lo que quiere disponer de las cosas de otros: con aquellas palabras entonces, «para que no caigamos bajo el poder de Satanás,» Pablo insinúa que aquél, no está más en su dominio, sino que, por la confesión y la penitencia, pertenece a la grey de Cristo; si, pues, el diablo nuevamente lo hubiera hecho caer en su dominio, habría arrancado a un miembro de nuestro cuerpo y llevado de la grey a una oveja que ya, por medio de la penitencia, había abandonado el peso del pecado.
El Miedo Obstaculiza el Perdón de los Pecados
Como conocía lo que el diablo había hecho con Judas, Pablo temía que pudiera ocurrir lo mismo también en aquel caso. Y ¿qué había hecho con Judas? Este, se había arrepentido y luego exclamó: «He pecado, traicionando la sangre inocente» (Mt. 27, 4) y el diablo que oyó sus palabras, entendió que había retornado al camino del bien y encaminado hacia la salvación.
Temiendo que se convirtiera, decía: «El, tiene un Señor benigno, si cuando estaba por traicionarlo, lloró por él e hizo lo imposible para recuperarlo, ahora que se ha arrepentido, hará mucho más para acogerlo; si cuando estaba obstinado en el mal, lo había llamado, ahora que ha reconocido su pecado, ¿no lo atraerá mucho más? Para esto El ha venido, para hacerse crucificar. ¿Entonces, qué hizo el diablo? Con el miedo que le despertó, le obscureció su espíritu, haciéndolo caer en un profundo desaliento, lo dominó y no le dejó en paz hasta que lo condujo a colgarse, quitándole la vida presente y privándole de la confianza en la penitencia. Es claro que si hubiera continuado con vida, se hubiera salvado. Lo prueban aquellos mismos que lo crucificaron, que El, desde lo alto de la cruz, salvó invocando al Padre, e implorando para ellos el perdón, por lo que estaban realizando. Evidentemente, habría recibido con toda benignidad a quien lo había traicionado, si se hubiera arrepentido como debía; pero aquél, devorado por la excesiva tristeza, se negó someterse al remedio.
Por eso, Pablo, tuvo razón de temer aún por aquél de los Corintios que quería liberarlo de las fauces del diablo. Pero ¿por qué quedarnos en el hecho de los Corintios? Pedro mismo que, después de haber participado en los misterios, renegó del Señor por tres veces, ¿no tuvo que cancelar aquella mancha con lágrimas? Y Pablo, el blasfemo, violento, perseguidor del Crucificado y de todos sus seguidores, ¿no tuvo también él que arrepentirse, para luego ser el apóstol? Dios no pide de nosotros más que esta sola condición, para perdonarnos nuestros muchos pecados; esto, lo dijo, con una parábola que deseo exponeros.
La Parábola del Hijo Pródigo
Habían dos hermanos, entre los cuales el padre dividió sus riquezas. De los dos, uno permaneció en casa, el otro en cambio, malgastó cuanto le había dado, viviendo en tierra extranjera, para no sufrir la desgracia de la miseria.
Os recuerdo esta parábola para haceros palpar con la mano, cómo para los que lo buscan hay perdón, aún si han pecado después del bautismo. No os hablo para empujaros a la acción, sino para que no seáis víctimas de una tentación que provoca daños aún más graves, es decir, la desesperación.
Hijos de Dios por el Bautismo
Que este hijo, sea como una imagen de los caídos después del bautismo, se ve fácilmente. En efecto, se habla de hijos, pero nadie puede decirse hijo sin el bautismo. Estaba en la casa del padre y administraba todos los bienes; lo mismo nosotros, somos administradores de los bienes del Padre, recibidos en heredad, pero no antes del bautismo.
Aquí, todo nos habla de los que están en la condición de fieles; se habla del hermano y dice que fue bueno, y también nosotros nos llamamos y somos hermanos, pero después de la regeneración espiritual. ¿Qué dijo pues el hermano caído en la extrema malicia?: «Retornaré a casa de mi padre» (Lc. 15:18). Por su lado, el padre no había prohibido ni impedido su salida hacia tierra extranjera, como para que él aprendiera a sus expensas y pudiera realmente experimentar, los beneficios que gozaba en su casa paterna; a menudo cuando no creemos en la palabra de Dios, él verdaderamente permite que aprendamos, mediante la experiencia que hacemos.
He aquí, entonces, porque habló así a los Judíos. no habiéndolos atraído hacia sí con la persuación, con una infinidad de palabras por medio de los profetas, permitió que aprendieran experimentando sus castigos, como está escrito: «Tu misma rebelión te sancionará y tu misma maldad te castigará» (Ger. 2:19).
Tendrían, pues, que darle fe aún antes que se cumplieran los acontecimientos profetizados, pero porque estaban cerrados a la fe en aquellas exhortaciones admonitorias, les hizo aprender con los hechos, permitiendo que actuara la malicia ya anunciada de la incredulidad, con el fin de poder aún de esta manera recuperarlos.
Dios es el Medico
El despilfarrador volvió, finalmente, de la tierra extranjera, donde había aprendido con su propia experiencia el mal en que incurre quien abandona la casa paterna; entonces, el Padre lejos de vengarse, lo recibió con los brazos abiertos. ¿Por qué? Porque era padre y no juez. Se organizaron danzas, banquetes y fiestas, y todo en la casa fue esplendor y alegría. ¿Qué estás murmurando? ¿Que ésta es la recompensa por el mal cometido? No, por el mal cometido, oh hombre, sino por su regreso; no, por el pecado sino por la penitencia; no, por la conducta perversa sino por el cambio de vida.
Interesa aún más, el hecho que el hijo mayor, que se lamentaba al padre, y haya recibido la siguiente palabra: «Tú, estás siempre conmigo, éste, en cambio, se había perdido y ahora es hallado; estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc. 31–32). Quiere decir: cuando se salva el que estaba perdido, no es el momento de juzgarlo promoviendo severas investigaciones, sino, tiempo de clemencia y perdón.
El médico, pues, no se pone a investigar sobre el enfermo para exigirle cuenta y castigo, olvidando de curarle; y si fuese digno de un justo castigo, creería ya suficiente la pena sufrida.
El pródigo, estando en tierra extranjera y lejana de la convivencia con los suyos, pagó con el hambre, la infamia y el sufrimiento de males gravísimos. Por tanto con la expresión: «estaba perdido y se ha encontrado, estaba muerto y ha resucitado» (Lc. 15:3 2), quiere decir: «No mires a la situación actual, sino piensa en la gravedad de las adversidades anteriores; tú, ve en él a un hermano, no, a un extranjero; ha retornado al padre que no puede enrostrarle los hechos ya pasados, sino que debe recordar, sólo cuanto pueda empujarlo a la compasión misericordiosa, al amor y a la indulgencia, como corresponde a quien lo ha engendrado. Por esto, éste no menciona lo que el hijo había hecho, sino, cuánto había sufrido; no recordó las riquezas que había despilfarrado sino la infinidad de sufrimientos que había pasado.»
El Ejemplo de la Oveja Perdida
De la misma manera, con igual y aún mayor preocupación, el buen Pastor fue en búsqueda de la ovejita. Aquí, fue el mismo hijo quien vuelve; allá, en cambio, fue el mismo pastor a buscarla y encontrándola la carga consigo; se alegró más por ésta, que por todas las que permanecían seguras; como ves, la llevó sin castigarla y cargándola sobre sus espaldas para tenerla consigo, la restituye a su grey.
¿Estás convencido que Dios, no rechaza a quien vuelve hacia Él sino que lo acoge con igual amor que a los otros que practican la virtud?
La parábola te hace ver que Dios, no pide cuentas de los errores cometidos, sino, al contrario, va en la búsqueda del que yerra y goza luego de haberlo encontrado más, que si hubiera permanecido seguro; no desesperemos, si somos malvados y no presumamos de ser buenos, pero, aún obrando el bien, temamos de caer por la presunción, debiendo hacer penitencia también por este pecado.
Repito lo dicho desde el principio. Son estas dos tentaciones las que amenazan nuestra salvación: la presunción, si estamos en pie, la desesperación, si hemos caído.
Por tanto, para sugerirle prudencia a quienes están en pie, Pablo dijo: «Quien cree estar en pie, cuídese de no caer... Temo que después de haber predicado a otros, venga yo mismo a ser descalificado...» (1Cor. 10:12; 9:27), para aliviar, en cambio, y dar mayor coraje a cuantos dormían o habían caído muy bajo, protestó, también, en su carta a los Corintios: «Que yo no tenga que llorar sobre muchos que han pecado en el pasado y no se han convertido» (2Cor. 12:21), declarando así dignos de compasión, no tanto a los pecadores, cuanto a los pecadores impenitentes. A estos últimos, también, se había dirigido el Profeta diciendo: «¿Quizás quien cae y no se levanta y quien se extravía, no vuelve hacia atrás?» (Ger. 8:4). Y también David les llamó la atención, diciendo: «Si hoy escuchareis su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en el día de la exasperación» (Sal. 94:8 ).
Hasta que podamos decir: hoy no desesperamos, sino que ponemos toda nuestra esperanza en el Señor; con la mente, fija en el mar de su misericordia, removiendo toda mala conciencia y adhiriendo firmemente a la virtud; muy confiados, pero también, firmes en el propósito, dando pruebas muy fuertes de nuestro arrepentimiento, porque depuesto aquí abajo todo peso de pecado, podemos estar con confianza delante del tribunal de Cristo, para obtener el reino de los cielos. Esto, nos sea dado conseguirlo con la gracia y por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, al cual junto al Padre y al Espíritu Santo, toda gloria, potencia y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, Amén.