Cuarta Vía de la Penitencia: la Limosna

Tenéis presente los puntos sobre el comienzo y fin del discurso del otro día, es decir, los argumentos de los que he tomado el principio y con los cuales he interrumpido la precedente homilía. Pero creo que habéis olvidado la terminación del discurso. La tengo presente y no quiero amonestaros ni haceros cargo alguno. Cada uno de vosotros tiene esposa, se preocupa de sus hijos, piensa en las necesidades de la casa; algunos son militares, otros artesanos, y cada uno está ocupado en diversos servicios. Yo, en cambio, no vivo más que de esto, no tengo otro pensamiento y otra ocupación que ésta, en todo momento. Pues más que reprocharos, no tengo palabras sino para alabar vuestro empeño, ya que no dejáis un domingo para venir a encontrarme en la iglesia, a pesar que tenéis que desentenderos de vuestras ocupaciones.

Esta, es la alabanza más grande que merece nuestra ciudad, no el bienestar, ni la preocupación del negocio, ni los palacios y los cargos, sino un pueblo empeñado y siempre vigilante. La bondad del árbol se la reconoce por los frutos, no por las hojas. La liturgia de la palabra nos une, y cuando intentamos el diálogo entre unos con otros, ejercitamos el don de la palabra que nos convierte en seres superiores en dignidad, a los mudos animales.

Quien, por tanto, no amase razonar, demostraría que más que un hombre, animal privado de la razón, es hombre que ignora el privilegio que le da la superioridad, como aquél del cual habla el profeta: «El hombre, siendo un ser honorable no lo comprende, es como los animales irracionales, semejantes a ellos.» Decidme ¿por qué el hombre, dotado de palabras, no quiere usarla? Pero no tengo que dirigirme a vosotros que habéis volado para escuchar lo que os diré sobre la virtud, en íntimo familiar diálogo, posponiendo cualquier cosa a la divina palabra.

Entremos más bien en argumento, empezando de cuanto os he dicho en la otra ocasión. Tengo que hacerlo y lo hago bien gustoso, porque no me empobrece sino que me enriquece.

En los negocios, aquel que da dinero prestado huye de quien se lo pide, yo en cambio, no hago más que seguir detrás de todos para dar; y esto porque, mientras en los negocios, el dar empobrece, en el servicio de la palabra, el dar enriquece. Si doy dinero a alguno, no lo tengo más en mi poder, porque ha pasado de mis manos a las de otro; cuando, en cambio, os comunico mi palabra, ésta permanece en mí, mientras todos os posesionáis de ella; si no la comunico, encerrándola en mi mismo, yo soy pobre, si las trasmito, la comunico a otros, me hago más rico. No comunicándola permanezco rico yo solo, si os la hago partícipe, recogeré el fruto junto a todos vosotros.

¿Puedo, ahora, restituiros lo que os debo? ¿Qué cosa?

El discurso que os facilite la vía de la salvación, aquél sobre la práctica de la penitencia, de la cual, el otro día, os exponía sus muchos y variados caminos. Si Dios, en cambio, hubiera concedido una sola vía de penitencia, podríamos rechazarla, disculpándonos de que no estamos en condiciones de recorrerla, y por tanto, de no poder salvarnos; pero El ha querido eliminar tal excusa, facilitando a todos el camino del cielo, dándonos no una, dos o tres, sino una gran cantidad y variedad de vías.

Llorar los Pecados

La penitencia, decíamos, es fácil y por nada pesada. ¿Eres pecador? Ven a la iglesia y confesando tu pecado, te librarás de toda mancha; he traído el ejemplo de David, pecador absuelto así de su pecado. Después, hablé de la segunda vía que consiste en llorar los pecados y expliqué cómo no requiere ningún esfuerzo, porque es suficiente que los lloremos, sin hacer gastos o largos viajes u otras cosas del mismo género; lo he ilustrado con el ejemplo, propuesto por la Escritura, de Dios que tuvo misericordia de Acab al ver su llanto y tristeza, cómo él mismo dijo a Elías: «¿Has visto como Acab ha venido hacia mí, en llanto y tristeza? No actuaré con él, según mi indignación» (1 Rey 21:29).

Exponiendo, entonces, el tercer camino de la penitencia, cité el pasaje de la Escritura que habla del fariseo y del publicano: del fariseo que,-por sus soberbias fanfarronadas, perdió la justicia y del publicano que, con su humildad, recogió los frutos de justicia, purificándose sin gran esfuerzo, sembrando palabras y recogiendo hechos.

Ahora, continuemos avanzando y hablemos de una cuarta vía de penitencia. ¿Cuál? La limosna, reina de las virtudes, que fácilmente levanta a los hombres hasta las esferas del cielo, haciéndose nuestra mejor abogada. La limosna, es tan sublime que Salomón la exaltó de esta manera: «Gran cosa es el hombre, pero preciosa la persona que tiene misericordia» (Prov. 20:6 ). La misericordia tiene tan grandes alas que perfora el aire; va más allá de la luna; sobrepasa los rayos del sol y llega hasta la bóveda celestial, más allá de los arcángeles y de toda potestad superior, para ubicarse, por último, ante el trono del Rey. Lo enseña la Escritura misma, con aquella expresión: «Cornelio, tus limosnas y tus oraciones han llegado ante la presencia de Dios» (Hechos 10:4). Aquella «presencia ante Dios» te dará confianza aunque hayas pecado mucho, porque la limosna, será tu mejor abogada.

No resiste a la limosna ningún poder de lo alto; te hará restituir lo que te es debido, tiene en sus manos lo escrito, por lo cual el Señor mismo se obliga con explícita declaración: «Quien haya hecho esto a un solo de los más pequeños, lo habrá hecho conmigo» (Mt. 25:4 0). Por tanto, tu limosna tiene más peso que cuantos pecados puedas haber cometido.

La Limosna está Simbolizada por el Aceite de las Vírgenes Prudentes

¿No ves en la parábola evangélica de las diez vírgenes, el ejemplo de quien habiendo practicado la virginidad, quedó fuera de la sala nupcial por no haber practicado la limosna? Dice: «Habían diez vírgenes, de las cuales cinco eran necias y cinco prudentes» (Mt. 25:2); las prudentes se habían provisto de aceite; las necias desprovistas de él, dejaron apagar sus lámparas, y por eso dijeron a las prudentes: «Dadnos un poco del aceite de vuestros vasos» (Mt. 25:8 ). Me cubro de rubor y me vienen ganas de llorar, al escuchar que las vírgenes, después de tanta práctica virtuosa en la ascesis virginal, con un cuerpo ya alado en vuelo al cielo, en competencia contra las mismas potestades superiores y en lucha contra ardores más insoportables, después de haber pisoteado el mismo fuego del placer, por último hayan sido llamadas necias; bien dicho necias, porque después de haber hecho lo más, se han dejado vencer en lo menos.

Continúa el Evangelio: «Y las necias dijeron a las prudentes: dadnos del aceite de vuestros vasos; pero ellas respondieron: no podemos, no sea que nos falte a nosotras y a vosotras» (Mt. 25:8 –9). No actuaron, entonces, por falta de piedad o por maldad, sino porque en breve tiempo, llegaría el novio. Aquellas, tenían como las otras las lámparas, pero no el aceite; es decir tenían el fuego de la virginidad, sin el aceite de la limosna. Si no se vuelca aceite en la lámpara, el fuego se apaga, y si no se practica la limosna, la virginidad desaparece: «Dadnos del aceite de vuestros vasos, decían,» y «las otras no podemos daros,» respondían, no por maldad, sino por temor: «para que no venga a faltar a nosotras y a vosotras» (Ibid.), como si dijeran: «Porque mientras intentamos entrar todas, no tengamos que quedarnos afuera; más bien, id a comprar a los vendedores» (Mt. 25:9 ).

¿Quién vende este aceite? Los pobres que están sentados delante de la iglesia, pidiendo limosna. ¿Cuánto hay que dar? Lo que creas; no propongo cuánto para que no encuentres una disculpa en tu imposibilidad de dar. Gasta cuanto quieras. ¿Tienes un óbolo? Con tal precio se compra el cielo; no porque el cielo valga tan poco, sino porque tal es el precio asignado por la misericordia del Señor. ¿No tienes tampoco un óbolo?. Dona un vaso de agua fresca: «Quien haya dado aun un solo vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por mí, no perderá su recompensa» (Mt. 10:4 2).

El trato pactado en este negocio es el cielo, y nosotros no nos preocupamos; da pan y recoge el paraíso, con poco, mucho; con cosas mortales, las inmortales; da, lo que es corruptible y conquista, lo que es incorruptible. Imagínate el ejemplo de un gran mercado, abundantemente provisto, donde a bajo precio, por poco se puede comprar mucho. ¿Dejarías escapar de la mano tal ocasión, a costa de vender lo vuestro y ubicando en segundo lugar toda otra cosa? Tanto empeño demostráis si se trata de cosas corruptibles, y ¿sois tan despreocupados y perezosos, cuando se trata de un negocio que tiene consecuencias eternas?

Da al pobre, porque cuando tengáis que callar, se abrirán para defenderos miríadas de bocas, porque la limosna hecha por ti se constituye en tu defensa: la limosna rescatará tu alma. Por eso como a las puertas de la iglesia están los aljibes llenos de agua para el lavado físico de las manos, así también ante la iglesia, están los pobres para la ablución de las manos del alma, ¿Has lavado en esta agua las manos de tu cuerpo? Lava en la limosna las manos del alma, no traigas disculpas de tu indigencia.

Estaba en extrema penuria la viuda que hospedó a Elías, pero la pobreza no le impidió acogerlo con gran alegría; por eso pudo recoger también los debidos frutos, cosechar las espigas de la limosna. Acaso, oh oyente, me objetarás: «Hazme encontrar un Elías.» Te contesto: ¿Por qué vas buscando un Elías? Te presento al Señor de Elías, y no te preocupas en darle de comer; si se presentase Elías, ¿lo hospedarías? Lo ha declarado Cristo, Señor de todo: «Quien lo haya hecho a uno solo de estos más pequeños, lo ha hecho conmigo» (Mt. 25:4 0).

Si un rey invitase a uno así, a un banquete y dijera a aquellos que están para servir: «Agradecedle mucho de mi parte, él me ha dado de comer y me ha hospedado cuando era pobre; me ha beneficiado tanto, cuando me encontraba en estrecheses» ¿Acaso cada uno no daría todo el dinero de su bolsa a aquél hacia el cual el rey es tan agradecido? ¿Cómo no haría de todo para defenderlo? ¡Cómo todos buscarían, por el contrario, de hacérselo su amigo!

Necesidad del Aceite y de la Limosna

¿Habéis comprendido el significado del discurso? Lo que tiene tanto valor para un rey de la tierra ¿no pensáis que lo tenga también para Cristo en aquel día, en el cual nos convocará delante de los ángeles y todas las virtudes?

Recuerda las palabras: «El, en la tierra me ha hospedado; me ha beneficiado infinidad de veces y me ha recibido como peregrino.» Piensa también en la completa alegría delante de los ángeles, en el honor que tendrías ante los habitantes del cielo ¿Cómo podría, quien recibe testimonio de Cristo, no gozar una felicidad superior a la de los ángeles?

Gran cosa es la limosna, oh hermanos. Tengámosla en aprecio. No hay cosa que la iguale, capaz de cancelar también los pecados de otros; aleja el riesgo del juicio y se constituirá en tu abogada, cuando tú no puedas hablar y debas callar, miríadas de bocas se abrirán para agradecerte. Si son tan grandes los beneficios de la limosna ¿cómo no le damos importancia y faltamos gravemente contra ella?

La Virginidad con la Limosna

Da el pan según tu posibilidad. ¿No tienes pan? Da un óbolo ¿No tienes óbolo? da un vaso de agua fresca. ¿No lo tienes? Llora con quién está afligido (Rom. 12:15) y tendrás la recompensa. El premio no se mide por el estado de necesidad, sino, al contrario, por la libre voluntad. Pero volvamos al argumento de las vírgenes.

Distraídos por este otro argumento, nos hemos alejado del de las vírgenes; volvemos a leer el texto citado: «Dadnos un poco del aceite de vuestros vasos,» dijeron las necias; y las prudentes: «No os lo podemos dar, para que no venga a faltarnos a nosotras y a vosotras, más bien id a los vendedores y comprad; ahora, mientras fueron a comprar el aceite, llegó el esposo y aquellas que tenían las lámparas-encendidas entraron con él, y se cerraron las puertas de la pieza nupcial» (Mt. 25:10). Vinieron, luego, las cinco necias, y golpearon la puerta de la pieza nupcial, gritando: «abridnos,» pero el esposo hizo escuchar su voz, desde el interior: «Lejos de mí, no os conozco» (Mt. 25:11–12). He aquí, qué cosa oyeron, después de haber fatigado tanto: «No os conozco.»

Piensa en estas palabras a las cuales me refería, diciendo que por nada, inútilmente, habían realizado la gran conquista de la virginidad, pues se les cerraron las puertas después de tanta fatiga, frenando los sentidos. Habían luchado con las potencias del cielo, despreciando las cosas del mundo; habían superado los ardores pasionales, vencieron todo obstáculo, vigilaron el cuerpo, y salieron en vuelo de la tierra al cielo. Cuando ya habían conquistado el privilegio de la virginidad, en competencia con los ángeles; cuando pisotearon los instintos congénitos; cuando olvidaron las inclinaciones naturales, y cumplieron con el cuerpo gestas superiores al cuerpo y consiguieron la conquista grande e insuperable de la virginidad, entonces escucharon decir: «Andad lejos de mí, no os conozco.»

La Virginidad

No penséis que para mí es de poca importancia el gran bien de la virginidad. La virginidad, es aquel tesoro que ninguno de los antiguos supo custodiar, y grande es la gracia por la cual hoy se puede creer fácilmente accesible, una cosa que a los profetas y a los antiguos les infundió miedo.

¿Cuáles fueron para ellos, las cosas más gravosas y odiosas? La virginidad con el desprecio de la muerte, que las vírgenes hoy comúnmente ni calculan; de hecho la conquista de la virginidad para los antiguos era difícil, tanto que ninguno llegó a practicarla. El justo Noé, que de Dios recibió testimonio, se unió a una mujer; también los herederos de la promesa, Abraham, Isaac, tuvieron sus mujeres; el casto José, se negó a cometer el grave adulterio, pero se unió también él, a una mujer y encontró pesada la perfección virginal. Sólo después que germinó la flor de la virginidad, ésta echó profundas raíces; pero ninguno de los antiguos, hasta entonces, había llegado a practicarla, porque es verdaderamente difícil este dominio del cuerpo.

Piensa en los rasgos que te diseño sobre la virginidad, para observar cuánta virtud exige. Es una lucha cotidiana, sin tregua, más dura que la que combatimos contra los bárbaros; porque la lucha contra éstos, termina cuando con ellos firmamos tratados; a veces atacan y otras no, tienen sus propias tácticas y tiempos; pero la lucha para la conquista de la virginidad no tiene tregua, porque se combate con el demonio, al cual son extraños las estrategias y los tiempos. No es previsible en sus ataques y tiende siempre emboscadas para herir de muerte a la virgen, apenas la encuentra indefensa; por tanto, la de la virgen es una lucha sin tregua, porque encuentra dentro de sí, al enemigo que, al ponerla en sobresalto, la combate siempre.

No se encuentran condicionadas con tan terribles miedos los condenados que, llegada la hora, se encuentran frente al magistrado; la virgen adonde se aleje, se acerca ante el juez o ante quien le hace la guerra, sin tregua, ni de tarde ni de noche, a la aurora y al mediodía, siempre y en todos los lugares, en lucha contra el placer en asecho; le ofrecen oportunidades de nupcias para demoler la virtud, generar en ella la malicia, quitarle la libertad y esparcir en ella las semillas de la fornicación; y en todo momento, el fuego de la voluptuosidad arde entre las llamas de la seducción. Piensa cuánto esfuerzo se requiere para la virtud. Por último, escucharon decir: Alejaos de mí, no os conozco.

Veis, sólo es grande la virginidad si está unida, como hermana, a la limosna; sólo entonces no hay nada que temer. Aquellas, por no haber practicado la limosna junto a la virginidad, por eso, no pudieron entrar; cosa que debe provocarte una gran vergüenza, oh virgen, victoriosa sobre los placeres, pero que no has despreciado las riquezas; retirada del mundo, te has apegado a los bienes, en lugar de estar pegada a la cruz. Si hubieras deseado a un hombre, no te habías hecho responsable de tanta culpa, porque en tal caso, habrías deseado un ser de tu naturaleza; pero aquí, estás acusada de haber deseado cosas, distintas de un hombre.

Las mujeres que están en poder del marido se muestran, a veces, inhumanas, con la excusa de los hijos y, si se les pide una limosna responden: «no puedo, tengo mis hijos,» si bien los hijos, frutos de su seno, Dios te los dio no para que seas inhumana, sino para que te muestres benévola con todos; no hagas del amor humano un pretexto para ser inhumana; si quieres conquistar muchos bienes para dejar en herencia a tus hijos, adquiérelos con la limosna para ganar un buen nombre y dejar a todos buena memoria tuya, pero tú virgen que no tienes hijos y estás crucificada al mundo, ¿por qué haces acopio de riquezas?

Quinta Vía de la Penitencia: Ejemplo y la Compunción de Pedro

Nuestro discurso quería centrarse en aquella vía vital de la penitencia que es la limosna, pero, hablando de la gran adquisición que nos hace conseguir la limosna, me he dejado absorber del mar de la virginidad. Queda firme, cuanto te dije; ¡qué gran vía de penitencia es la limosna, capaz de redimir de las cadenas de los pecados...!

Pero hay aún otra vía, un camino de penitencia más fácil y que puede liberarte igualmente de los pecados; reza cada momento, no te canses de orar y no seas negligente en invocar la benignidad de Dios; si perseveras, Él no se alejará y perdonará todos tus pecados, escuchando tu pedido. Después que tu oración haya sido escuchada, sigue rezando en acción de gracia; si no ha sido escuchada, continúa insistiendo en la oración hasta obtenerlo.

No objetes: «Yo he rezado tanto y no soy escuchado.» Esto sucede a menudo para tu utilidad; porque quizás si hubieras ya obtenido cuanto necesitabas, habrías abandonado la oración, mientras Dios parte de tu necesidad, para darte la ocasión de dialogar mas a menudo con él y perseverar en ella.

Si teniendo tantas necesidades y encontrándote en tan mal momento, eres tan indolente y no perseveras en la oración, ¿qué sucedería si no tuvieras ninguna urgencia? Es para tu beneficio, que Él se comporta así; quiere que no abandones la oración, por eso lo hace. Persevera en la plegaria; no seas indolente porque la oración es muy potente, mi querido. Y no te pongas a rezar como si fueras a cumplir una cosa de poca importancia.

Que la oración perdona los pecados, nos lo enseñan los santos Evangelios. ¿Qué dicen? El reino de los cielos es semejante a un hombre, que cerrada la puerta y yéndose a dormir con sus hijos, tuvo que vérselas con uno que había venido de noche a pedirle pan (Lc. 11:5–8). Golpeando decía: «Ábreme porque necesito pan»; y aquél: «ahora no puedo dártelo, porque yo y mis hijos estamos acostados»; como el otro continuaba golpeando la puerta, el dueño de la casa, replicó diciéndole: «No puedo darte lo que pides, porque yo y mis hijos estamos acostados»; pero, porque el otro, no obstante la negativa, insistía en golpear sin retirarse, dijo: «Levantaos, dadle lo que pide y dejadlo que se vaya» (Lc. 11:8 ). Esto, te enseña a rezar siempre, sin cansarte jamás, a perseverar si no recibes, hasta que lo obtengas.

Entre las muchas y diversas vías para la conversión, de las cuales habla la Escritura antes de la venida de Cristo, encuentras también la oración. Jeremías predicó: «¿Quizás quien cae no se levanta y quien extravía el camino no vuelve atrás?» (Jer. 8:4); y a Jerusalén: «después que te has prostituido, ven y vuelve hacia mí» (Jer. 3:7).

Las muchas y distintas vías, quieren eliminar todo pretexto de nuestra pereza, porque si tuviésemos una sola, podríamos no llegar a recorrerla: «Si has pecado, ven a la iglesia y borra tu culpa.» Como en el camino cada vez que caes, te levantas, así en la vida, cada vez que caes, haz penitencia del pecado; aunque caigas por segunda vez, no desesperes sino arrepiéntete de nuevo, no pierdas por negligencia, la esperanza de los bienes prometidos. Aunque estuvieses en la extrema vejez, ven y haz penitencia.

Confesar los Pecados a Dios

La iglesia es una casa de curación, no un tribunal. Aquí no se te pide cuenta de los pecados, se te concede la remisión de las culpas. Confesarás solamente a Dios tu pecado: «contra Ti solo he pecado, lo que es malo ante tus ojos, yo lo he hecho» (Sal. 50:6 ), y te será remitida la culpa.

Tienes otra manera de rezar para arrepentirte, no difícil, al contrario, absolutamente más fácil que las otras, al alcance de la mano. ¿Cuál? La que te enseñan los santos Evangelios: llorar los pecados como lo hizo Pedro, que era la cabeza de los apóstoles y el primero en la Iglesia, el amigo de Cristo, que recibió la revelación del Padre y no de los hombres, como testificó el Señor con aquellas palabras: «Bendito tú, Simón, hijo de Jonas, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt. 16:17). Lo hizo Pedro y cuando digo Pedro, hablo de la roca que no se rompe, del sólido fundamento contra las olas del mar, del gran apóstol que fue el primero entre los discípulos, el primero en ser llamado y el primero en obedecer. El no había cometido un pecado ligero, sino uno muy grave, haber renegado del Señor: no lo digo, acusándolo, sino para darte el justo modelo de penitencia; renegó del mismo Señor del universo, que a todos alcanza su providencia y para todos es la salvación.

Las Lagrimas de Pedro

Volvamos la mirada hacia atrás, cuando el Salvador, mientras veía a algunos retirarse (Jn, 6:67), traicionándolo, dijo a Pedro: «¿Quizás también tú, quieres irte?,» «Pedro contestó: aunque tuviera que morir contigo, no te negaré» (Mt. 26:35). ¿Qué dices Pedro? Es Dios que te lo preanuncia, y ¿le resistes? ¿Cuándo habría sucedido? La noche, en la cual fue traicionado Cristo. Leemos que entonces, habiéndose acercado al fuego para calentarse, una mujer le vino a decir: «También tú estabas ayer con este hombre.» Y él le contestó: «No conozco a este hombre» (Mt. 26:69; Mc. 14:6 8:71). Lo repitió por segunda y por tercera vez: y se cumplió cuanto estaba preanunciado.

Cristo entonces miró a Pedro y con la mirada, no con la boca, para no amonestar y avergonzar a su discípulo delante de los Judíos, le hizo escuchar su voz, diciéndole con los ojos: «Oh Pedro, he aquí que se ha cumplido cuanto te decía.» Entonces, escuchada esta voz, Pedro comenzó a lagrimear, no simplemente a lagrimear, sino a llorar amargamente; del llanto de sus ojos hizo como un segundo bautismo. Llorando así amargamente logró cancelar su culpa y sólo después de aquel llanto, le fueron confiadas las llaves del cielo.

Ahora bien, si Pedro con su llanto, alcanzó a cancelar tanto pecado, ¿no podrás también tú con el llanto borrar tus errores? Si, en efecto, no fue ligera, sino grave y difícil de lavar la culpa de Pedro, al renegar al propio Señor, y sin embargo, su llanto la canceló, también tú, para que el Señor por su misericordia perdone tus culpas llora, no simplemente, sino vertiendo amargas lágrimas como Pedro, haciendo brotar desde lo profundo, las fuentes mismas de llanto. El es clemente, y ha dicho: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta, haga penitencia y viva» (Ez. 18:23).

Quiere un poco de esfuerzo y te recompensará con largueza. Quiere que le des ocasión para poderte conceder el tesoro de la salvación. Ofrécele tus lágrimas y te dará su perdón; muestra tu arrepentimiento y te concederá la remisión. Pon a su disposición un pequeño elemento para tu .descargo y patrocinará tu causa en el mejor modo; porque ésta es la parte que él realiza, cuando nosotros hacemos la nuestra; si no rechazamos colaborar, nos dará cuanto depende de Él.

De lo que nos ofrece, ya tenemos pruebas: ha creado el sol, la luna y el variado coro de estrellas; ha creado el flujo del aire, la superficie de la tierra, con los mares que la circundan, con los montes, valles, colinas, fuentes, lagos y ríos e innumerables especies de plantas, jardines y todo el resto. Pero debes prestar una pequeña contribución, para que te sean proporcionadas también las cosas del cielo.

No seamos descuidados y no perdamos de vista nuestra salvación, mientras tenemos a nuestra disposición el infinito mar de la misericordia del Señor del universo, dispuesto a cambiar su actitud con referencia a nuestras culpas. La meta propuesta es el reino de los cielos, el paraíso con aquellos bienes, «que ojo no vio, oído no oyó» «jamás imaginó el corazón del hombre lo que Dios ha preparado para aquellos que lo aman» (1Cor. 2:9 ). ¿No sacrificamos todo para contribuir a no perderlo?

¿No sabes lo que ha dicho Pablo? Había trabajado tanto, levantando infinidad de victorias sobre el demonio, y con el cuerpo había volado por el mundo, recorriendo la tierra y el mar, pasando sobre el aire como poseyendo alas: fue lapidado y estuvo a punto de muerte, fue golpeado y todo por el nombre de Dios. Fue llamado desde lo alto por una voz del cielo; observa cómo habla, con qué tono se expresa. Dice: «He recibido todo por gracia de Dios, pero también yo he contribuido con mis fatigas,» y exactamente, «su gracia en mí no fue vana; al contrario me he fatigado más que todos ellos, dando mi contribución» (1Cor. 15:10). Quiere decir: «Conozco y reconozco como muy abundante la gracia que Dios me ha dado: pero ella no me ha encontrado inactivo y todos conocen mi colaboración...»

Como él, eduquemos también nuestras manos para la limosna; demos también nosotros lo que nos corresponde; lloremos nuest os pecados; gimamos por nuestras iniquidades; demostremos Je qué manera queremos corresponder a los grandes dones futuros que superan nuestra esperanza: el paraíso y el reino de los cielos. De los cuales nos sea dado a todos nosotros, participar por la gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sean con el Padre y con el Espíritu Santo la gloria, la potencia y el honor, ahora y siempre y en los siglos de los siglos. Amén.

Notas

Fuente: Adaptación Pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

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Publicado por el usuario: Rodion Vlasov
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