Caín, Ejemplo de Rechazo de la Confesión
¿Habéis contemplado el domingo pasado qué lucha y qué victoria? El demonio, hacía la guerra y Cristo, triunfaba; ¡cuánto nos parecía encomiable la penitencia! El demonio es incapaz de soportar sus golpes, teme y se aterroriza. ¿Qué temes, oh diablo, mientras se elevan alabanzas a la penitencia? ¿Por qué lloras, por qué te enfureces?
Sí, responde; tengo todas las razones para gemir y contristarme: esta penitencia, me arrebata tantas presas. ¿Cuáles?
La meretriz, el publicano, el ladrón, el blasfemador. La penitencia le arrebata también sus armas, y ataca inclusive hasta su fortaleza: por eso el demonio considera, para sí, mortal la penitencia. Lo sabes ya, mi querido, porque te lo ha demostrado esta reciente experiencia. ¿Por qué, entonces, no hacemos un tesoro de esta asamblea? ¿Por qué no acudimos cada día a la Iglesia para estar, estrechamente vinculados [1] la penitencia? Si eres pecador, ven a la Iglesia para confesar tus culpas; si eres justo, ven para no caer en la injusticia. La Iglesia es, pues, el puerto del uno y del otro.
No Desesperar
¿Eres pecador? No desesperes, sino entra para mostrarte arrepentido. ¿Has pecado? Dile a Dios: «He pecado.» ¿Esto, es mucho esfuerzo? ¿Es un camino penoso? ¿Es fastidioso? ¿Cuál es la dificultad para decir: «He pecado»? Si niegas ser pecador, quizás, ¿el diablo no pensará en acusarte? Anticípate y sácale ventaja que quiere tener de qué acusarte. ¿No quieres cancelar tu pecado, previniéndolo con la acusación de tus pecados, desde el momento que sabes que tienes un acusador que no sabe callar? ¿Has pecado? Ven a la Iglesia y dile a Dios: «He pecado.» No te pido otra cosa, más que esto, sólo ésto. Lo dice, pues, la Sagrada Escritura: «Manifiesta tú primero tus culpas, para justificarte» (Is. 43:26); confiesa el pecado que has cometido, para liberarte. En esto no hay fatiga, no hay necesidad de usar giros especiales, ni exige esfuerzo pecuniario ni de otro género. Pronuncia la palabra que evidencia tus rectos sentimientos sobre las culpas cometidas, dilo claramente: «He pecado.»
Pero ¿cómo puede suceder, me preguntarás, que yo sea absuelto del pecado, sólo, con manifestarlo espontáneamente? Porque yo sé que la Escritura lo dice expresamente: quien lo ha manifestado, fue absuelto; quien no lo ha manifestado, ha sido condenado. Caín, esclavo de la envidia, mató a su hermano Abel, de tal modo que a la rivalidad siguió la sepultura; en efecto, conduciéndolo al campo, lo mató. Entonces ¿qué le dijo Dios?: «¿Dónde está tu hermano Abel?.» Si bien lo sabía todo*, le preguntó, no porque lo ignoraba, sino para atraer al homicida a la penitencia. Que le preguntase, conociendo el hecho, lo demostró con su interrogación: «¿dónde está tu hermano Abel?,» a lo cual respondió: «No lo sé, ¿acaso soy el custodio de mi hermano?» (Gen. 4:9). Sea que no eres su custodio, pero ¿por qué has sido su asesino?; no estabas obligado a vigilarlo, ¿pero por qué lo mataste? Tú lo has dicho, eres reo también por no vigilar a tu hermano. ¿Qué palabras le dirigió, luego, Dios?, «La voz de la sangre de tu hermano, clama a mí desde el suelo» (1 Gen. 4:1 0).
El Hecho de Caín
Después de haberlo amonestado, le impuso asimismo, el castigo, no tanto porque había matado cuanto porque no quería reconocer su infamia, y Dios odia más la falta de arrepentimiento, que el mismo pecado. Caín, ya a punto de arrepentirse, no fue aceptado por Dios, porque no había confesado espontáneamente su culpa. ¿Cuál fue, pues, su reacción?: «Demasiado grande es mi culpa para obtener el perdón » (Gen. 4:13), como si dijera: «Mi pecado es tan grave que no soy más digno de vivir.» Por eso Dios replicó: «Vivirás entre gemidos y miedos sobre la tierra» (Gen, 4:12), infligiéndole un grave y duro castigo, haciéndole al mismo tiempo entender: «No te eliminaré para que la verdad no sea olvidada; te constituyo como la ley que todos podrán leer, para que tu desgraciada aventura, sea madre de filosofía.»
Caín anduvo errante como ley viviente, columna móvil, muda pero elocuente; con una voz más clara que una trompeta clama: «Quien no quiere sufrir mi misma suerte, nunca obre como yo.» Tal castigo sufrió porque se obstinó en no confesar su pecado; fue condenado por no haber reconocido aquello de lo cual estaba convencido, porque si hubiera sido el primero en confesarlo, se le habría cancelado.
David, Modelo de Penitencia en la Confesión de su doble Pecado
Que las cosas son así, podrás comprenderlo escuchando cómo haya sido absuelto de su pecado, uno que fue el primero en confesarlo; David, profeta y rey. Aquí conviene recordarlo más bien como profeta, porque su reino abarcó sólo a la Palestina, pero su profecía estuvo dirigida a todo el mundo hasta los últimos confines; el reino se disolvió en breve tiempo, la profecía permaneció como vehículo de las palabras eternas; es más creíble que se extinga el sol, antes que se pierda el recuerdo de sus palabras.
El había caído en adulterio y en homicidio; lo dice la Escritura; vio a una mujer atrayente, bañándose, se enamoró y puso en ejecución su plan (2 Sal. 1:11:2), profeta adúltero, perla en el barro. No entendió de qué pecado se manchaba, ya que la pasión lo había enceguecido, porque cuando el auriga está ebrio, el carro corre zigzagueando.
El alma y el cuerpo son, como el auriga y el carro; cuando se oscurece el alma, el cuerpo se revuelca en el fango. El conductor, cuando está en pie y firme sobre el carro, lo controla magníficamente, pero cuando por el .cansancio no puede dominar las riendas, hace correr al caballo los más grandes peligros; así también el hombre, hasta que el alma es sobria y vigilante, también el cuerpo es puro, si en cambio el alma se obnubila, el cuerpo se revuelca en el fango del placer.
¿Qué hizo entonces David? Caído en adulterio, no tomaba conciencia de su pecado, ni los otros le hacían algún reproche; esto sucedía cuando él ya estaba en los últimos años de su vejez; para que tú aprendas que no te favorece ni aún las canas, si no te empeñas seriamente; pero tampoco puede perjudicarte la tierna edad, si verdaderamente lo deseas (Dan. 13:45).
El carácter no viene de los años y la virtud es fruto de la voluntad; en efecto, Daniel a los doce años pudo enjuiciar la maldad, mientras que los ancianos, viejos de edad, recitaron el drama del adulterio; a éstos, no les ayudó las canas y a aquél no le perjudicó la tierna edad. Para que veas bien, cómo no es la edad sino la voluntad, la que atempera a nuestra conducta, mira a David, viejo, caído en adulterio y homicida, por no haber tomado conciencia de lo pecaminoso que era su actuar, porque el conductor de su intelecto estaba encadenado y ebrio por la intemperancia.
Entonces, qué cosa hizo Dios. Le envió al profeta Natán, un profeta a un profeta; sucede también así, entre médicos; un médico enfermo, tiene necesidad de otro médico; en este caso, un profeta pecador es curado por un profeta que tiene consigo el remedio. Natán, entonces, va hacia él, pero al llegar al umbral de la puerta, no empieza con reprenderlo, dicién-dole inmediatamente, delincuente, inicuo, adúltero y asesino; después de haber recibido de Dios tan altos favores, ¿cómo has pisoteado los mandamientos? Nada de eso dice Natán, para no aumentar la desvergüenza, porque los pecados divulgados provocan en el pecador, la pérdida de pudor.
Entonces, va hacia él y prepara un discurso sobre un dramático caso judicial. He aquí lo urdido: «Oh rey, tengo que someter a tu juicio este caso; había un rico y un pobre; el rico poseía animales y ovejas en cantidad, el pobre en cambio, tenía solamente una ovejita; ésta bebía de su copa, comía en su mesa y dormía a su lado, le habla de las justas relaciones del marido con la esposa; cuando he aquí, llega un huésped de paso y el rico, avaro de lo suyo, toma la ovejita del pobre y se la lleva» (2 Sal. 12:1 –5).
El Arrepentimiento de David
¿Has observado, cómo en la trama de esta dramática narración, el profeta tiene escondido la espada en la vaina? ¿Qué hizo el rey? Pensó en tener que pronunciar verdaderamente una sentencia y fue muy veloz en pronunciarla, porque así actúan los hombres, siempre dispuestos, cuando se trata de formular y proclamar para los demás, el juicio: «Por la vida del Señor, quien ha hecho esto, merece la muerte y pagará cuatro veces el valor de la oveja» (2 Sal. 12:5 –6).
¿Cuál fue la reacción de Natán? No disminuyó el golpe dejando pasar las horas, sino, enseguida, puesta al descubierto la herida, inmediatamente operó el corte, sin sustraerlo al sentimiento de dolor: «Eres tú, oh rey» (2 Sal. 12:7 ). Y el rey, ¿qué conclusión sacó? Dijo: «He pecado contra el Señor» (2 Sal. 12:13); no le replicó: «¿quién eres tú que me acusas, quién te ha mandado a hablarme con tanta libertad, con qué intrepidez has osado tanto? Nada de esto. Reconoció su pecado, y dijo: «He pecado contra el Señor» (Ibid.).
Entonces, también Natán sacó su conclusión: «También el Señor ha perdonado tu pecado y porque te has condenado, por ti mismo, te condonó la pena.» ¿Has confesado con confianza? Has lavado tu pecado. ¿Te has aplicado la sanción? Has anulado la sentencia. ¿Ves bien cómo, entonces, ha sucedido cuanto está escrito: «Manifiesta primero tus iniquidades, para ser justificado»? (Is. 43:26). ¿Qué esfuerzo requiere manifestar primero nuestros pecados?
La Contrición de Acab y de los Ninivitas; Segunda vía de Purificación
Tienes también otro camino para la penitencia. ¿Cuál? Llorar el pecado. Si has faltado, llora y serás absuelto. ¿Quizás pesa demasiado? No te pido absolutamente otra cosa que lavar con lágrimas tus manchas; no te digo de cruzar mares, para arribar a no sé cuales puertos; no te propongo viajar y enfrentar caminos interminables; derrochar el dinero y enfrentar mares difíciles de atravesar. ¿Qué te pido? Llorar tus pecados.
Me preguntarás cómo las lágrimas pueden liberarnos de pecados; la demostración la tienes en la Escritura.
Existió un rey de nombre Acab (1 Rey 21), que si bien justo, está escrito, reinó injustamente sobre Israel, por causa de su mujer Jezabel. Deseaba ardientemente poseer la vid de un tal Nabut Israelita y le mandó decir: «Me he encaprichado de tu viñedo, dámelo por dinero o a cambio de otra tierra que tú quieras»; Aquél le respondió que jamás habría vendido la heredad de sus padres; y Acab continuaba, enloquecido por aquel viñedo; aunque no quería usar la violencia, termina por enfermarse a causa de este hecho. Se llega a él Jezabel, mujerzuela sin pudor y renegada, bruta e impía, y comenzó a hablarle así: «¿Por qué te entristeces y no comes? Levántate y come; yo te conseguiré la heredad del Israelita Nabut.»
En presencia del rey y de los ancianos, se puso a escribir una carta de este tenor: «Promulgad ayuno y en tanto, levantad contra Nabut hombres mentirosos, que lo acusen de blasfemar contra Dios y el rey.» ¡Oh ayuno lleno de impiedad, proclamado no para ayunar, sino para cometer homicidio! ¿Cómo terminó? Nabut fue lapidado y murió; apenas notificado el éxito a Jezabel, ésta fue a Acab y le dijo:
«Apoderémonos ya del viñedo de Nabut, porque está muerto.» Y Acab, si bien en un primer momento sintió dolor, luego fue a adueñarse del viñedo.
Acab Lloró su Culpa
Fue, entonces, cuando Dios le envió al profeta Elías. Le dijo: «Vete y dile a Acab; porque has cometido un homicidio y ahora usurpas, tu sangre será derramada, y los perros la lamerán y las meretrices se lavarán en ella» (Ibid).
Así explotó la ira divina, fue anunciada la sentencia y efectuada la condena. ¡Fíjate a dónde lo manda! En el viñedo, donde fue cometida la iniquidad, allí tuvo también lugar el castigo. ¿Y qué le dice? Viéndolo Acab, había exclamado: «Has venido a encontrarme, oh enemigo mío» (1 Rey, 21:20); lo que quiere decir: «Me has sorprendido en pecado, ahora tienes razón de acusarme porque me has encontrado en infracción, oh enemigo mío.»
Elías, en efecto, desde siempre le había llamado la atención; y Acab cuando reconoció su falta, pronunció las palabras de confesión: «Siempre me has reprendido pero, ahora, es el momento justo de reprobarme.» Admitió haber pecado cuando le fue leída la sentencia: «Así dice el Señor, por el homicidio que has cometido y por la heredad que has usurpado, como tú has derramado la sangre de un hombre justo, así será desparramada tu sangre, y los perros vendrán a lamerla; y las meretrices se lavarán en tu sangre» (1 Rey 21:17–24). Al escuchar tales palabras, Acab se puso triste y lloró su culpa: y porque renococió el mal obrado, Dios lo absolvió de su condenación. Primero quiso disculparse con Elías, para que no le ocurriese lo que le pasó a Jonas.
También Jonas, había pasado una situación igual, cuando Dios le dijo: Vete a la ciudad de Nínive, adonde sin contar mujeres ni niños, viven 120.000 hombres, y predica: «Dentro de tres días, Nínive será destruida» (Jonas 3:4). Jonas, conociendo la benignidad de Dios, no quería ir. ¿Qué hizo entonces? Huyó, diciendo a Dios: «Si voy a predicar y tú benigno como eres, desistes de tu decisión, seré asesinado, como un falso profeta.» El mar que lo había acogido, no lo tragó, sino que lo devolvió a la tierra firme para que retornase sano a Nínive, vigilado el siervo por el mismo Patrón: «Jonas para huir, está escrito, se puso en camino y encontró una nave que se dirigía a Tarsis, entonces pagando el precio del viaje, se embarcó en ella» (Jonas 1:3 ). ¿Adónde huyes, Jonas? ¿Vas a tierra extranjera? Pero «del Señor es toda la tierra y todo cuanto contiene» (Sal. 23:1). ¿le refugias en el mar? «Suyo es el mar y Él lo ha hecho» (Sal. 94:5 ). ¿Quieres volar al cielo? Pero ¿no has oído las palabras de David: «Cuidaré el cielo, obra de tus manos? (Sal. 8:4).
Dios es Benigno con el Pecador Arrepentido
Asustado entonces huyó; así al menos pensó, porque de hecho, no es absolutamente posible huir de Dios. El mar, por eso, lo restituyó y llegó a Nínive donde comenzó a predicar: «Dentro de tres días y Nínive será destruida» (Jonas 3:4). Las palabras de Jonas fueron dichas para tu enseñanza. Lo había inducido a huir el pensamiento que Dios, en su benignidad, desistiría de la decisión de exterminar a los malvados, y a él le habrían hecho correr el peligro de aparecer como falso profeta. Después que predicó en la ciudad de Nínive, se alejó de ella, para ver qué sucedía; habían pasado tres días sin suceder nada de lo amenazado. Entonces, volvió a su primer razonamiento y dijo: «¿No era esto lo que decía?
¿Que Tú, eres un Dios misericordioso y clemente, que te dejas apiadar con respecto al mal que cometen los hombres?» (Jonas 4:2).
Por eso, Elías, tuvo miedo que le sucediera también a él algo parecido, como a Jonas, y Dios por esto, explica su perdón a Acab, diciendo a Elías: «¿Has visto como Acab vino hacia mí, con lágrimas y tristeza? No le trataré como merece su maldad» (1 Rey 21:29). ¡Oh! dirás, este patrón se hace ahora abogado de su siervo; Dios defiende la causa de un hombre ante él, diciéndole: «No pienses que lo haya perdonado así simplemente, ha cambiado el ritmo de su vida y yo he cambiado y mitigado mi ira; para que tú no vayas a ser juzgado un falso profeta ya que has dicho la verdad, declaro que si no hubiera cambiado de vida, se habrían cumplido seguramente mis amenazas; sólo porque él ha cambiado de conducta, yo he calmado mi enojo.» Esto, quiso decir Dios con aquel discurso a Elías: «¿Has visto cómo Acab vino hacia mí, con lágrimas y tristeza? No, le trataré como pediría mi ira» (1 Rey 21:29). ¿Ves como el llanto cancela el pecado?
Tercer Camino: La Humildad del Publicano
Pero hay también, un tercer camino para llegar a la conversión, otro entre muchos que llegan al mismo fin; lo digo, para que conociendo que existen varios caminos, encuentres fácilmente la salvación. ¿Cuál es este tercer camino? la humildad.
Humillándote, romperás las cadenas del pecado. Sobre este camino encontrarás mención clara en la Sagrada Escritura, donde se refiere al publicano y al fariseo. Un fariseo y un publicano, está escrito (Lc. 18:10), fueron al templo para orar; el fariseo empezó a desgranar la lista de sus virtudes diciendo: «Yo no soy pecador como todos en el mundo, ni como este publicano.»
¡Alma miserable y desgraciada! Has condenado al mundo entero, solamente para afligir a tu prójimo. No te ha alcanzado el mundo entero, y has condenado también al publicano; has infamado a todos y no has perdonado a ningún hombre: «Yo no soy como todos en el mundo, ni tampoco como este publicano»; ayuno dos veces en la semana, pago los diezmos a los pobres; doy aquello que tengo.» ¡He ahí las palabras del fanfarrón! ¡Un hombre miserable, has condenado al mundo entero! ¿Por qué, luego, has golpeado al publicano que estaba junto a ti? ¿No estabas satisfecho con haber acusado al universo entero, si no condenabas también a aquel que rezaba contigo? Y el publicano ¿Qué hizo? Al oír aquel discurso no reaccionó, diciéndole: «¿pero, quién eres tú, que me acusas de estas cosas? ¿Quién te ha contado mi vida? Conmigo no tienes nada que hacer, conmigo no has vivido ni tampoco estuviste jamás; ¿por qué tanta soberbia? ¿Quién puede dar testimonio de tus obras buenas? ¿Por qué te alabas tú mismo? ¿Por qué te adulas?.»
Nada de esto en las palabras del publicano, que en cambio, postrándose en posición de súplica, decía: «Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador» (Lc. 18:13»). Por eso, el publicano fue justificado por su humillación, mientras el fariseo salió del templo perjudicado. Él, perdió su justicia, mientras el publicano retornó, totalmente justificado. Las palabras habían vencido sobre las obras; el uno, perdía la justicia, haciendo ostentación de sus obras; el otro, conseguía la justicia, bajando el tono de las palabras. El publicano, además, no fue humillado, porque viene humillado aquel que lo han rebajado de donde estaba en lo alto; el publicano, entonces, no se humilló porque dijo la verdad; en realidad era pecador y sus palabras correspondían a la verdad
El Publicano, Aprovechador del Trabajo de Otros
Dime, si puede haber algo peor que un publicano, aprovechador de las desgracias ajenas. Saca ventaja de las fatigas de otros, sin importarle el sacrificio de los mismos; sólo quiere compartir las ganancias. El pecado del publicano es, por consiguiente, el peor que se puede cometer; su conducta es una violencia hermosa y buena, una injusticia según la ley, un robo con guantes blancos. ¿Existe algo peor que lo del publicano que después de ubicar su oficina a los costados de los caminos, está exprimiendo los frutos de la fatiga de otros, sin pensar siquiera en el eventual cansancio del trabajo, participando sólo de los beneficios, pero no de los eventuales desgastes de la fatiga?
Entonces, si fue la humildad la que obtuvo tanto don al malvado recaudador de impuestos, ¿cuánta más grande no será la humildad de aquél que es virtuoso?
La Humildad de Pablo
Si entonces, obtienes la justificación con la confesión del pecado con humildad, querrás saber ciertamente, quién es el humilde. Observa a Pablo, el verdadero humilde; a Pablo que enseñó al mundo entero, hablando según el Espíritu; vaso de elección, puerto tranquilo y torre inexpugnable, que llevó su frágil cuerpo a recorrer el universo como volando sobre alas; mira a la humildad de este hombre ignorante y sabio, pobre y rico. He aquí porque yo digo humilde, en el verdadero sentido de la palabra. Se había agotado con miles fatigas y había levantado una infinidad de trofeos, sobre el diablo; pudo afirmar de su predicación: «Su gracia en mí no fue vana, al contrario me he fatigado más que todos» (1Cor. 15:10); soportó cárceles, heridas, flagelaciones, y con sus epístolas enlazó en su red, las naciones de la tierra, según la vocación a la cual había sido llamado por una voz del cielo.
No obstante todo esto, llegó a afirmar con humildad: «Yo soy el último de los apóstoles, y no soy digno ni de ser llamado apóstol» (1Cor. 15:9). ¡Contempla qué gran humildad! Por humildad, se llama el último: «Yo soy el último de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol.» Se trata de verdadera humildad, porque humillarse quiere decir, ponerse debajo de todos y llamarse el último; pero considera que quien dice estas palabras es Pablo, ya ciudadano del cielo, si bien dejado aquí abajo con el cuerpo; columna de las Iglesias, ángel terreno y hombre celestial.
Con alegría, converso siempre con tal hombre, contemplando de frente tanto esplendor de virtud. Mis ojos no gozan tanto a los rayos luminosos del sol naciente, cuanto a la vista de la figura de Pablo, que ilumina mi espíritu. Porque el sol ilumina los ojos de la carne, mientras Pablo levanta los del alma haciéndola volar hasta la bóveda del cielo, llevándola más alto que el sol, sobre la luna. Su virtud tuvo tal poder en este hombre, que llegó a ser aquí abajo un ángel, y dio a su alma, alas para el cielo. Imitemos la virtud de la cual es maestro, busquemos de emular a Pablo siguiendo con celo tras sus huellas.
Pero no debo apartarme del argumento propuesto, de la finalidad establecida, para hablar de la humildad, tercer camino para la conversión. Por eso os he presentado al publicano que, con la confesión de sus propios pecados no se rebajó, dijo la verdad y llegó a ser justificado, sin gastar nada de lo suyo, sin cruzar mares, sin viajar a lo largo de la tierra o cruzar pantanos enormes; sin implicar a los amigos o perder mucho tiempo; consiguió la justicia sólo mediante la humildad, sólo así se hizo digno del reino de los cielos. También a nosotros sea dado conseguir la misma suerte, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.