La Compunción Eleva a la Contemplación de las Verdaderas Realidades
¿Pero, cómo es posible que yo cumpla tu deseo, oh Este-lequio, santo hombre de Dios, de escribir sobre la compunción, con un alma tan flaca y fría? Para expresarme sobre este tema sublime, pienso que lo primero a tener en cuenta ante cualquier otra consideración, es estar intensamente inflamado, ardiente de tal pasión que las palabras proferidas sobre el tema, caigan sobre las almas de los oyentes, enrojeciéndolas más que el hierro incandescente. Y a mí, tal fuego me falta; todo aquello que está dentro de mí «no es más que ceniza y polvo» (Gen. 18:27).
¿De qué parte, dime de dónde atizaremos este fuego, si no tenemos ni siquiera una llamita? No tenemos a nuestra disposición, leña ni aviva fuego para reanimarlo, y espesa es la niebla que la multitud de pecados extiende sobre mi alma.
Yo, ciertamente, no sé; por lo tanto, corresponde a ti, ya que me confías el encargo, decirme de qué manera pueda cumplirlo para efectuarlo como conviene: por mi parte, entiendo prestar el servicio de la lengua.
Ruega a Aquél que sana a los contritos de corazón (Sal. 146:3), infunde coraje a los pusilánimes y levanta de la tierra al pobre (Sal. 112:7 ), para que conceda el fuego que consume toda humana debilidad y corte toda somnolencia de la pereza y la pesadez de la carne. Pide a Aquél que endereza las alas del alma al cielo y desde tal ábside, cima escondida a nuestros ojos, muestra la vanidad y la ficción de toda la vida presente.
Buscar la paz Celestial
Quien no alcanza a elevarse sobre las alas hasta allá arriba y a permanecer como en una gruta, no tiene posibilidad de ver cómo se aprecia la tierra y los hechos de la tierra. Siendo infinitas las cosas que oscurecen la vista, muchas que perturban el oído, y tantas que traban la lengua, es necesario substraerse de toda perturbación, niebla y retirarse a aquella soledad donde la tranquilidad es plena, pura la serenidad, eliminada toda perturbación.
Hay que retirarse donde los ojos jamás fallan, siempre fijos en el amor de Dios; donde los oídos están firmemente atentos a una sola cosa, a escuchar las divinas palabras y aquellas suavísimas y espirituales sinfonías que conquistan al alma y la dominan con tal fuerza, que quien es arrastrado por ellas, no encuentra más satisfacción en tomar alimentos, bebidas o sueño. Por tanto, en él no debilitan tal tensión, el tumulto de las humanas preocupaciones y el peso de las corporales vicisitudes.
No llega, pues, a estos vértices sublimes del alma, el rumor de las terrenas furiosas tempestades. Está al seguro, como en la soledad de los montes más altos quien, allí se protege así, para no poder oír ni ver cuanto se hace o se dice en la ciudad, porque escucha solamente un horrible zumbido, no más agradable que el rumor de las avispas. Así no sienten nada de nuestras cosas aquellos que, retirados de la vida del mundo, han desplegado vuelo hacia la sublimidad de la filosofía espiritual; porque el cuerpo y los sentidos corporales, con una infinidad de ataduras, tienen ligada al alma para que ella se oriente hacia la tierra.
Pues, aquí abajo por todas partes, los sentidos se dejan llevar por la amarga tempestad de los mortales placeres, y entonces el oído, la vista, el tacto, el olfato y la lengua, no hacen más que recibir dentro del alma, tantos males que vienen de afuera. Cuando en cambio, el alma se hace etérea, se ocupa tranquilamente de las cosas espirituales, cierra la entrada a las malvadas fantasías con un muro, no obstaculiza la apertura de los sentidos sino, abriéndolos al camino de los más sublimes fines.
Del mismo modo, actúa una señora, capaz de infundir temor o temblor, al preparar un ungüento refinado, precioso y de alto precio. Debiendo servirse para eso de muchas manos, despierta a sus siervas y las hace venir hacia sí; a una, manda separar con la criba, los aromas aún no preparados para el uso; a otra, hace examinar exactamente con la balanza y establecer si hay algo necesario de menos o de más, para que nada rompa las proporciones del conjunto; a otra, ordena cocinar a fuego lo que necesita; a otra, ordena quitar lo que no puede estar; a otra, hace poner y mezclar los diversos ingredientes; a otra, le dice estar vigilante con el vaso de alabastro; a una, hace sostener con la mano un vaso, a otra, otro. A todas impone así, concentrar la atención y poner la mente y las manos en aquel trabajo; con su empeño, impide que algo vaya mal; vigila todo, no concediendo ni aún a los ojos de ellas que giren por doquier o se distraigan. Así también el alma, cuando prepara el precioso ungüento de la compunción, reclama la atención de los sentidos, cortándoles su negligencia.
Si por eso, verdaderamente se repliega sobre sí misma, para pensar en lo que exige la honestidad o la piedad, inmediatamente el alma pone en guardia a los sentidos que, absolutamente, se liberan de actividades intempestivas o super-fluas, contrarias a su tranquilidad interior. Por eso, aún si los sonidos golpean a los oídos y los espectáculos a los ojos, nada penetra interiormente si la actividad de cada uno de estos organismos, está dirigida al alma. Pero ¿por qué hablar de sonidos y espectáculos, por los cuales muchos, no ven ni quien pasa cerca de ellos y hasta quien los atropella? La fuerza del alma es tal que, quien lo quiere, encuentra hasta factible vivir sobre la tierra y al tiempo mismo como si tuviese la morada en el cielo, sin escuchar nada de cuanto ocurre sobre la tierra.
Pablo – Modelo de Quien Vive Sobre la Tierra, Vida Celestial
Así fue San Pablo, que, viviendo aún en la ciudad terrena, vivió tan extraño a las cosas presentes, como estamos acostumbrados a separarnos de los cadáveres de los muertos.
Cuando dice: «para mí, el mundo está crucificado» (Gal. 1:6; 14), habla de este modo de ser, insensible, y no sólo eso sino también de un segundo modo igual, tanto que se pueden distinguir dos clases de insensibilidad. No dijo sólo: «para mí el mundo está crucificado» y basta, sino agrega también: «como yo lo estoy para el mundo» (Gal. 6:14), hablando claramente de un segundo modo. Gran filosofía, es juzgar muerto al mundo, pero más alta es la de comportarse como muertos para él.
Lo que Pablo quiere decir, aproximadamente, es lo siguiente: no sólo hay que ser extraños a las cosas presentes, como lo están los vivos de los muertos, sino como lo están, los muertos de los muertos. Porque quien vive, si bien no se siente atraído por el muerto, con todo experimenta para con él, otros sentimientos, admirándole aún la belleza pese a ser ya cadáver o demostrando compasión y llorándolo. Quien en cambio, está muerto no tiene para el muerto, tal comportamiento o disposición.
Esto es lo primero que dijo con las palabras: «para mí el mundo está crucificado» y agregando después, aquellas otras: «como lo estoy yo para el mundo.» Contempla, cómo es un extraño para el mundo y cómo, desde la tierra en la cual continúa viviendo inicia un salto y llega hasta la cima del cielo.
No comparemos esta cima con la altura de los montes, con sus bosques, valles y soledades inaccesibles, porque todo esto no basta por sí solo para eliminar las agitaciones del alma. Debe tenerse la llama que Cristo encendió en el alma de Pablo, y que él santamente fue realimentando con las meditaciones espirituales, que le permitían alcanzar tan sublimes alturas; avivada aquí en la tierra, su llama llegó primero a este cielo y después todavía a otro más. En efecto fue arrebatado hasta el tercer cielo (Gal. 12:2 ), pero su llama de amor por Cristo, le hizo sobrepasar los tres cielos y llegara todos.
Pablo es la Llama de Fuego
Su estatura física era baja (Hechos 9:25; 2Cor. 11:3 3), y por ello, no tuvo algo menos que nosotros; sino que superó fácilmente, a todo hombre de la tierra, por la actitud santa de su espíritu. No se equivocaría quien aplicase al Santo, la imagen de la llama, de una llama que, invadiendo toda la superficie de la tierra, se eleva en alto, subiendo hasta la esfera celeste y penetrando en la zona superior a la del aire; penetra de fuego las partes intermedias entre los dos cielos, no parando en su carrera, sino que pasa inmediatamente al tercero y continúa subiendo, todo cuanto se extiende a lo largo de la tierra y más allá de lo alto del tercer cielo.
Pero, con esto, no creo haber dicho lo mínimo de la inmensidad de su amor. Que la expresión no sea hiperbólica, lo podrá exactamente comprobar quien recorra cuanto escribí, acerca del argumento a Demetrio. Así, hay que amar a Cristo y hacerse extraño a las cosas presentes.
De tal naturaleza, se revelaron las almas de los santos profetas, que por ello se aprovisionaron de otros ojos. A su empeño se debe el hecho y a la gracia de Dios el de haberse vuelto extraños a los bienes presentes y el que hayan tenido otros ojos, para la contemplación de los bienes futuros.
Así Elíseo, habiéndose alejado de todo bien del mundo, se enamoró del reino de los cielos. Teniendo por vil todos los bienes presentes, el reino y el poder, la gloria y el honor por parte de todos, pudo ver lo que ningún otro jamás había visto, un monte perfecto, lleno de caballos de fuego, carros y soldados, atrincherados en el campo (Rey 6:17). Porque, no podrá jamás ser juzgado digno de contemplar las cosas futuras, quien se vanagloria de las presentes; solamente aquel que las desprecia, considerándolas sólo como sombras o sueño, llega fácilmente a aquellas grandes y espirituales.
También nosotros, cuando vemos crecer a nuestros hijos hasta llegar a ser hombres y no estiman las cosas de niños, les revelamos las riquezas que condicen con los hombres
maduros; no les juzgamos capaces de estas últimas hasta que continúan entusiasmados por aquellas.
El alma que no se ejercita en el desprecio de las pequeñas cosas del · mundo, no será atrapada por aquellas del cielo, y si no se entusiasma por éstas, no podrá reírse de aquellas. Esta verdad, la expresaba San Pablo diciendo que «el hombre animal no comprende las cosas del Espíritu de Dios» (1Cor. 2:14), si bien, con estas palabras, él se refería a la doctrina; nosotros, podemos deliberadamente aplicarlas a nuestras costumbres y a los dones de Dios.
David, Tiρο de la Compunciσn Cristiana
Debemos buscar no tanto el lugar, cuanto el propósito de la vida solitaria, antes de cualquier otra consideración, que lleve al alma al desierto.
De tal santa disposición fue modelo David que, si bien habitaba en la ciudad en la conducción del reino y entre infinitas preocupaciones que lo tenían absorbido, vivía como raptado por ardor a Cristo, más que aquellos que viven como eremitas. Fue más fervoroso que cuantos han abrazado tal cruz, porque entre éstos, si bien hay algunos, hoy sólo a uno o dos podrías encontrar, con* iguales manifestaciones de lágrimas, gemidos y dolor, día y noche. No debemos tener en cuenta tan sólo los lamentos, sino también quien los derramó. Que sea humillado, rebajado y castigado un hombre de tal dignidad, por todos honrado y por nadie reprendido, no es lo mismo que para otro que actúa de la misma manera, siendo de distinta condición social.
El rey vive entre tantas cosas que lo inducen a la disipación o le impiden el recogimiento espiritual; de hecho, los placeres de todos los días lo llevan a la disolución y a la molicie; el poder lo infla y le transtorna la cabeza; el amor a la gloria y la lujuria lo queman, haciéndolo hijo del extra-poder y alumno de los placeres. Además de eso, la preocupación por los negocios que de todos lados lo sarandean, tiene agitada su alma no menos que las mencionadas pasiones; así, la compunción no puede encontrar ni un pequeño resquicio para penetrar en él; tantas son las dificultades que ella encuentra.
La compunción, sinceramente deseada, es un bien que puede anidar solamente en un alma, libre de todos estos males. En cambio, quien vive como un ciudadano privado, alejado de tal torbellino, puede fácilmente llegar a tal meta, excepto que sea demasiado disipado; no lo puede, en cambio, quien tiene gran poder, supremacía y autoridad. Pienso, además, sea demasiado difícil o imposible que la voluptuosidad esté junto a la compunción; sería como pretender que el fuego estuviese junto con el agua, elementos contrarios que se eliminan mutuamente. La compunción, produce el llanto y la templanza; la voluptuosidad, es la madre de la ligereza y de todo abuso; la una, hace al alma liviana y alada; la otra, la vuelve grave y pesada más que al plomo.
No he dicho de David, lo que ciertamente es más importante, que vivió cuando aún no era exigida una vida tan austera. Estamos en tiempos, en los cuales tantas otras cosas fueron prohibidas, con la amenaza de graves penas; es severamente condenada la algarabía desmesurada; siempre se exaltan el duelo y la aflicción. El Santo, si bien con gran dificultad, las abrazó con gran fortaleza de ánimo, jamás teniendo en cuenta ni en sueño, a su reino y a su real majestad. Él, que reinaba, demostró en la púrpura, con la diadema y en el trono, tanta compunción, cuanto demuestra quien se pone el vestido penitencial, sentado en las cenizas y en el desierto.
Purificar el Alma con el Fuego
Es un bien que confiere.a quien verdaderamente lo tiene, el vigor que tiene el fuego entre las espinas. Aunque oprimido por innumerables males, muchas veces, atado por las cadenas del pecado, quemado íntegramente por el fuego de las pasiones, atormentado intensamente por el tumulto de los negocios del mundo, de todo es liberado al llegar a la compunción. Ella arroja todo e inmediatamente del alma, sólo con el .simple golpe de su látigo. Como al ímpetu de un viento fuerte no puede resistir el polvo liviano, así los deseos de la carne no pueden sostener la entrada fuerte de la compunción; la limpia y hace desaparecer rápidamente el polvo o el humo. Si el amor carnal transforma al alma, casi en esclava del ser amado, hasta alejarla de cualquier otro amor y crucificarla solamente, a la tiranía de la persona amada, ¿qué cosa no podrá el amor de Cristo unido al temor de perderle? .
Estos sentimientos agitaron el alma del Profeta a tal punto que dijo: «Corno el ciervo busca las corrientes de agua, así mi alma aspira a Ti oh Dios» (Sal. 41:2 ); después: «Mi alma está por ti, como la tierra sin agua» (Sal. 62:2 ), y todavía «A Ti se abraza mi alma» (Sal. 62:9 ); pero en otro lugar: «Señor no me sanciones con tu furor y no me castigues con tu desprecio» (Sal. 6:2).
La Meditación de David Sobre el Octavo Día en la Compunción del Corazón
No se diga que en este salmo, David, deplora el pecado; que esto no sea cierto, lo sugieren las palabras iniciales del título, que no hacen suponer tal cosa. Si del título no resultase claro el argumento, con buena voluntad se podría ver en él, una referencia a sus deberes; pero quien así pensase, recuerde que el relato no contiene esto; el tema tratado es otro. No confundamos el sentido de las divinas palabras, y no demos más peso a nuestras elucubraciones que a las enseñanzas del Espíritu Santo
¿Cuál es entonces el título? Está escrito: «sobre el octavo,» es sobre el octavo día, que es aquél, grande y luminoso, que arderá como fuego en un horno y hará temblar a las potencias superiores, según está escrito: «Las potencias de los cielos se conmoverán» (Mt. 24:29); él, con el fuego mostrará precediendo al Rey eterno que desde entonces reinará.
Lo llamó el día octavo, para indicar que la vida futura transformará todo con la renovación total del estado actual del mundo. Donde existe sólo la semana, con su principio en el primer día y su término en el séptimo por la regularidad de las órbitas con los mismos intervalos, procede del mismo punto de partida, para retornar al mismo punto final. No puede llamarse octavo día al domingo, que es el primero del ciclo de la semana, que no termina en el número ocho.
El octavo día aparecerá en el mundo, cuando todas las cosas de aquí abajo, hayan alcanzado su término y sean destruidas; su ciclo no retornará al punto de partida, sino que habrá nuevos intervalos. Por la gran compunción, el Profeta conservó siempre esculpido en el corazón, el recuerdo del juicio, tuvo con alegría continua e interior, el culto de aquel día, del cual nosotros nos recordamos a duras penas y nos afligimos.
Escribiendo este salmo tuvo su mente, fija continuamente, en el juicio. Por tanto, dice: «Señor, no me sanciones con tu furor y no me castigues con tu desprecio» (Sal. 6:2). Habla de furor y desprecio, en la intensidad de la venganza; sabiendo que a la Divinidad, le es extraña toda pasión y que sus acciones no serán dignas de pena y suplicios, sino de honores y diademas.
Demuestran, evidentemente, la virtud y aún la perfecta conducta de vida, ya sea por el hecho que con su fe había destruido la torre de los gentiles extranjeros y, todavía más, había arrancado de las puertas de la muerte, a toda la nación judaica (1 Sal. 17); ya sea el hecho que trocaron en bien el mal de quien lo vejaba, no una o dos veces sino muy a menudo (1 Sal. 21; 2 Sal. 1, Iss); sea, particularmente, lo que Dios dijo, solamente, respecto de él (Sal. 88, 21–38). Sus acciones, por grandes y admirables que sean, podrían plantear tal vez alguna grave pregunta sobre su santidad, aunque también la perfección de las obras por él realizadas, alejan toda sospecha, porque si Dios dio testimonio de ellas, están más allá de cualquier sospecha. Si Dios no hubiera querido dar pruebas precisas de su virtud, no habría dado a David aquella celeste declaración. ¿Cuál? Dios dijo de él: «He encontrado en David, hijo de Jesé, a un hombre según mi corazón» (1 Sal. 13:14; 16:11–13:14; 16:11–13; 1 Rey 13:14).
Somos Siervos Inútiles
Todavía, después de semejante juicio y tan grave virtud, David profirió expresiones de condenados que no tienen fe alguna en Dios; lo hizo, para cumplir el precepto evangélico: «Cuando hubiereis hecho todo aquello que os fuera ordenado, decid: somos siervos inútiles» (Lc. 17:10). Y, ¿qué otra cosa habría dicho el publicano, cargado de tan innumerables culpas, que no se permitió ni aun levantar los ojos al cielo, sino lejos de proferir un largo discurso, ni aun se atrevió a ponerse en el mismo lugar del fariseo? Éste, de hecho, para su desgracia decía: «No soy como los demás hombres, ladrones, injustos y adúlteros, o como este publicano» (Lc. 18:11); y el publicano aceptó aquellas palabras como si en ellas no hubiese notado algo desagradable, no se indignó por eso, y aun más, tuvo tanta devoción por aquel insolente fanfarrón, hasta no creerse digno de la tierra que pisaba. No dijo una sola palabra que no fuese confesión de sus pecados, se golpeó fuerte el pecho y suplicó a Dios que le tuviera misericordia.
Mientras no causa ninguna maravilla que obrase así, quien, queriendo o no queriendo, tenía que estar con la cabeza inclinada hacia abajo, por la multitud de sus pecados; al contrario, es extraordinario y auténtico signo de ánimo contrito, el hecho que un justo, al cual nada remuerde la conciencia, llegue a condenarse como el publicano. ¿Qué diferencia hay, pues, entre las palabras: «Ten piedad de mí que soy un pecador» y las otras «Señor, no me sanciones con tu furor y no me castigues con tu desprecio»? (Lc. 18, 13; Sal. 6:2). La segunda oración dice mucho más que la primera, porque el publicano no se atrevió ni a mirar al cielo, mientras el justo hizo aún más; el publicano dijo simplemente: «Ten piedad de mí,» David tuvo el coraje de decir no sólo: «No me sanciones,» sino también «con tu furor,» no sólo: «No me castigues,» sino también con «tu desprecio,» pidiendo, no sólo ser liberado de cualquier castigo, sino de huir de las penas más duras.
«Piedad de Mí Pecador.»
Entre las dos expresiones, podemos admirar la humildad del alma de David; se estimó digno de gran suplicio y no creyó justo pedir a Dios la completa remisión, cosa en cambio que, justamente, hacen aquellos que son dignos de la máxima condenación y que están persuadidos de ser más pecadores que otros hombres.
Pero, cosa más grande fue aquella de creer, que debía atribuirse solamente a la misericordia y benignidad divina, el hecho de no recibir la extrema condenación, después del pecado cometido, según está escrito: «Piedad de mí porque estoy sin fuerzas» (Sal. 6:3). ¿Cómo pudo decirlo? Como lo podía uno que mereció el testimonio de Aquél, al cual no escapan los juicios de Dios y que dijo: «Me he propuesto tus juicios» (Sal. 118:30), mientras resplandecía su luz más fulgurante que el sol.
Sí, es maravilloso el hecho que, habiendo llegado a tan alta perfección, no haya hablado o pensado de sí, soberbiamente, sino que se haya considerado el último de todos y haya comprendido que su salvación, depende solamente de la divina benignidad. Soy digno –parece que dice– de la inexorable justicia y del eterno suplicio, pero como no puedo de ningún modo gobernar, pido la liberación de estos
males presentes.
Hizo como los siervos, responsables de innumerables fechorías que, no pueden negar haberlas cometido y por otra parte, no llegan a soportar el dolor de los látigos, y sin embargo, suplican ser librados al menos de otros castigos. Creo después que él, haya querido hablar de otro modo de «estar sin fuerzas» (Sal. 6:3). ¿Cuál? Lo que es fruto de la angustia y del llanto; porque cuando el exceso del dolor nos abate con más violencia, ordinariamente, corroe todas las fuerzas del alma.
Deduzco que el justo haya experimentado tal sufrimiento, por el hecho que repite siempre la propia condenación, sin jamás pensar en la esperanza del bien, con el constante temor aún de ser siempre peor. Lo aclara el texto siguiente: a la expresión, «Piedad de mí porque estoy sin fuerzas,» inmediatamente agrega: «Sáname, oh Señor, porque mis huesos tiemblan, y mi alma está toda desmoronada» (Sal. 6:3–4) y antes había dicho: «Señor, no me castigues con tu furor» (Sal. 6:2).
Tenía, sí, una conciencia pura y suplicó, no ser examinado en sus acciones con rigurosa medida ¿qué cosa haremos nosotros que estamos enredados con tantos males, tan lejos de poseer la esperanza, que él tenía en la confesión? ¿Pero de dónde el Santo sacaba motivo para esta confesión? Del haber aprendido que nadie puede crecerse justo delante de Dios y que el justo mismo se salva con dificultades; por eso rogó diciendo: «No llames a juicio a tu siervo» (Sal. 142:2 ), y con otras palabras: «Ten piedad de mí, oh Señor, porque estoy sin fuerzas» (Sal. 6:3).
Ingratitud de las Criaturas Hacia el Sumo Bienhechor
Desde distintos puntos de vista, no podemos omitir la constancia de cómo Dios en su perfección, no se olvida por nada de las propias criaturas, y que de hecho, nuestra salvación se apoya sobre su benignidad. Reconocerlo es signo de alma contrita y de espíritu humillado; por esto, cualquiera que haya obrado cosas grandes y perfectas, tema y tiemble más que los mismos pecadores. Escucha, cómo tiembla David que dijo: «¿Si consideras las culpas, Señor, Señor, quién podrá resistir?» (Sal. 129:3). Sabía y tenía plena conciencia de la universal responsabilidad ante Dios por tantas deudas contraídas, y por el hecho de que aun los pecados más pequeños, por sí, merecen grandes castigos; por previsión, conocía ya las leyes que vendría a dar Cristo y, creía en la grave pena con que El había amenazado no sólo a los asesinos, sino también a los violentos, a los maldicientes y a quienes consienten a los malos pensamientos, a los que se ríen desmesuradamente, a los que dicen palabras inoportunas, a los que se divierten y a cosas aún de menor importancia.
Ser Gratos con Dios
De la misma manera, habría hablado Pablo, aunque nada le remordía la conciencia: «Aunque no tenga conciencia,» dijo, «de culpa alguna, por esto, no estoy justificado» 1Cor. 4:4 ). ¿Por qué? Porque aunque no haya hecho algún mal y, así fue ciertamente, no por esto, podía creer de haber honrado a Dios en la debida medida: porque, aunque muriésemos infinitas veces y viviésemos, dando pruebas de toda virtud, no habríamos logrado rendir el honor, debido a Dios por los bienes otorgados.
Los Dones de Dios
Considera, cómo Él nos ha creado del no ser al ser, que nos infundió un alma bien distinta de aquellas de los otros animales de la tierra; y para nosotros nos hizo un paraíso con la bóveda del cielo, creando debajo de él, la extensión de la tierra y en él, encendiendo espléndidas luminarias que adornan la. tierra con lagos, fuentes, ríos, flores, plantas y, cubriendo el cielo con variadas constelaciones. Creó la noche para nosotros, más útil que el día para el descanso y la energía que nos da, porque con el sueño no menos que con los alimentos, nutre nuestro cuerpo, como podemos claramente comprobar por el hecho, de que mientras no podemos pasar pocas noches sin sueño, se soporta, en cambio, muchos días con hambre.
Todo esto Él lo hizo, no porque tuviese necesidad, porque se basta a sí mismo, sino que lo hizo para nosotros. Con el sueño, quiso apagar y disolver el ardor almacenado en el día, bajo el efecto de los rayos solares y de las ocupaciones diarias, para restituirnos renovados y frescos al trabajo.
En la estación invernal, con las noches más largas, nos ofrece más reposo y calor, obligándonos a quedar a cubierto; la obscuridad más larga en este período de tiempo, no es por pura casualidad, sino por permisión de Dios que concedió un más prolongado descanso; con esto, actuó como una madre que, amando entrañablemente a sus hijos, los acoge entre sus propios brazos, cerrándoles los ojos con la extremidad de su vestido para dormirlos.
Así, Dios extendió sobre la tierra, el velo de la noche para restaurar a los hombres de sus preocupaciones, porque sin este descanso quedaríamos destruidos por la actividad y por las innumerables pasiones que nos oprimen, mientras en la presente condición, aún contra nuestra voluntad, aliviamos las fatigas y las limitaciones del cuerpo y, no menos que las del alma.
¿Qué decir, después, de la serenidad y de la calma de las horas nocturnas en las cuales reina la paz más perfecta, sin rumores ensordecedores?. No se escuchan más los clamores del día, cuando uno gime por la pobreza y, otro grita por los ultrajes recibidos; otro llora por enfermedad o mutilación; otro, en fin, por la muerte de los seres queridos, por la pérdida de dinero u otro humano contratiempo. ¡De cuántas desgracias libra la noche al género humano! Lo salva como de la tempestad, ofreciéndoles el refugio de su puerto tranquilo. Tantos bienes nos proporciona la noche, pero se conocen también todos los que nos ofrece el día.
¿Qué decir de Dios que nos ha hecho tan fáciles las vías de comunicación? Para que pudiéramos fácilmente comunicarnos los unos con los otros, sin el inconveniente de largos viajes por tierra; congregó los mares, caminos más breves para recorrer por todas partes de la tierra; así, habitando como en una sola casa, pudiésemos estar uno con otros y así poder, fácilmente, dat cada uno al vecino, aquello que personalmente posee y también de él, recibir lo que él tiene. Por tanto, siendo dueños de una pequeña porción de tierra, es como si la poseyésemos toda, pudiendo todos gozar de todo el bien, como es posible a cada comensal de una rica mesa, participar a su vecino, todo lo preparado para él y, también recibir, con sólo extender la mano hacia lo que al otro se le sirve. Queriendo hablar de todo, nuestro discurso se haría extremadamente largo, y no lograríamos hablar más que de una mínima parte.
¿Cómo podría un hombre intentar medir la infinita sabiduría de Dios? Reflexiona, por ejemplo, sobre la diversidad de plantas, fructíferas e infructíferas que crecen en los desiertos, sobre la tierra, sobre los montes o en las llanuras. Considera la variedad de las semillas y de las yerbas, de las flores y de los animales de la tierra, anfibios o acuáticos. Piensa que cuanto vemos es para nosotros, cielo, tierra y mar y lo que en ellos se encuentra; que Dios ha fabricado el mundo entero, para que allí reinase el hombre, como el constructor de una casa real, espléndida, fulgida por el oro V brillante por el centello de las piedras preciosas. Para construir el techo de tal habitación, no utilizó piedras sino material, distinto y más precioso; encendió luces, no sobre candelabros de oro, sino disponiendo sobre la esfera del cielo, la existencia de luminarias que no sólo fuesen útiles, sino agradables a la vista. Quiere al pavimento como una mesa ricamente preparada y, se lo entregó al hombre que no le había dado prueba alguna de su bondad; ni lo privó de tal honor, después de la falta de reconocimiento por los dones de su gran Bienhechor. Limitándose a arrojarlo del Paraíso, con este castigo le impidió proseguir en el camino de la ingratitud.
La Bondad de Dios
Estos y otros beneficios recapitula el Apóstol, movido por el Espíritu de Dios: las cosas que hizo desde el principio y las que hace cada día, lo que singularmente concede a cada uno y lo que en común da a todos, tantas gracias conocidas y tantas otras desconocidas y misteriosas para nosotros. Se refiere sobre todo a los bienes ya concedidos dentro de la economía del Unigénito, Hijo de Dios y a los que está permanentemente otorgando. Sobre todo, dirigió la mirada, hacia todos los lugares, recogiendo y deduciendo el innegable amor de Dios, ahogándose como en los abismos de un mar profundo y dándose cuenta de cuántos y cuan graves pecados fue culpable, y cómo de ellos no haya pagado un mínimo rescate. Por eso habló, propiamente, como si hiciera un escrupuloso examen de conciencia de los pecados aún más leves, olvidando sus grandes virtudes; al contrario de nosotros que, no tenemos en cuenta, ni siquiera en la memoria, nuestros numerosos y graves pecados y nos gloriamos, en cambio, de algún eventual y pequeño acto de virtud que no cesamos de exaltar e inflar hasta perder por vanagloria lo poco adquirido.
Así había dicho David cuando exclamó: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal. 8, 5), y no sólo esto, sino que condenó también su ingratitud diciendo: «El hombre en la prosperidad no comprende, y comparado con los animales que no comprenden, parece semejante a ellos» (Sal. 48:13).
La compunción de Pedro y Pablo por el amor traicionado
Es siervo agradecido al Padre, quien, estima como hechos a sí, los beneficios otorgados a toda su familia, mostrándose comprendido, premuroso y casi deudor de todo. Éste es el comportamiento de Pablo, del cual es bueno volver a hacer mención; dijo que Cristo murió por él: «Esta vida en la carne,» afirmó, «yo la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me ha amado y se dio a sí mismo por mí» (Gal, 2:2 0). Con tal expresión, no entendió limitar el don de Cristo sino hacerse responsable de todo, exhortando a todos a hacer lo mismo. Si Cristo se hubiera encarnado solamente por uno, no sólo no habría envilecido su don, sino, que lo habría revelado mayor. ¿Cómo? Demostrando, evidentemente, que por uno solo habría tenido el mismo cuidado de pastor, que va a la búsqueda de una sola oveja y por su pérdida se duele hasta las lágrimas.
Ser Generosos con Dios
Si alguno habiendo recibido dinero prestado, no pudiéndolo restituir porque sumergido en un abismo de deudas y preocupaciones, no come y ni duerme, ¿qué penas no debe soportar el justo deudor que no debe dinero sino obras? Al contrario, por poco que hayamos restituido, nos comportamos como si hubiésemos liquidado toda la deuda; más, como si hubiésemos pagado en exceso; no hemos dado más que una pequeña entrega y nos comportamos alegremente, como liberados que reclaman la justa merced, aún más, una abundante recompensa; pretendiendo como esclavos o mercenarios que todo sea tenido en cuenta. ¿Qué dices, oh hombre cobarde y miserable? ¿Te propones cumplir lo que agrada a Dios o vas pensando únicamente en la recompensa? ¿Si después de haber caído en tu pecado, para salir, no querrías hacer el bien con todas las fuerzas posibles? ¡Ahora en cambio, haces lo que agrada a Dios y buscas otra
merced!
Seguramente ignoras cuan bueno es agradar a Dios; si lo supieras, no juzgarías que pueda existir otra recompensa igual a ella. ¿No sabes además, que tal merced crece si cumples tu deber sin esperar recompensa? ¿No ves, también, cómo en el aprecio de los hombres son tenidos en mayor consideración, los que obran por agradar que por obtiene la recompensa?
Hasta con los compañeros de esclavitud, algunos se comportan de esta manera, tan señorial; tú, en cambio, cuando tienes que obrar por tu salvación, antes de cumplir lo que debes, estás contratando la recompensa con el Señor que te ha hecho tantos beneficios y del cual tantos otros esperas.
¿De dónde nace nuestro cálculo, siempre frío y miserable, nuestro descuido más completo, en toda obra generosa? Por el hecho, que no logramos ni la compunción ni el menor recogimiento espiritual; por el hecho, que no hacemos exacto cálculo de lo que debemos a Dios por nuestros pecados y por sus beneficios, y no tenemos presente delante de los ojos, los grandes modelos de perfección.
Las obras buenas se nos escapan, porque en la prosperidad, nos falta la mesura y cuando nos proclamamos pecadores, y lo repetimos a menudo, no somos verdaderamente sinceros. Esto resulta claro por el hecho que, cuando realmente lo oímos que otros nos lo dicen nos irritamos, montamos en furia y lo calificamos como un verdadero insulto. Así, lo que vamos diciendo es pura hipocresía y totalmente opuesto a la conducta del publicano. Este, ofendido por quien lo culpaba de numerosos pecados, no se sintió ofendido por sus insultos y de la propia conducta sacó provecho para volver justificado, más que el fariseo. Pero nosotros, aunque tenemos una infinidad de pecados, ignoramos hasta qué cosa sea una confesión.
La Soberbia del Espíritu Humano
No sólo debemos estar convencidos de los pecados cometidos, infinidad de veces, sino también escribirlos todos, graves y leves, en el corazón como en un libro; para llorarlos como si los hubiéramos cometido recientemente, y así reprimir verdaderamente la soberbia del espíritu, haciéndole presente continuamente el recuerdo del mal cometido. Este recuerdo permanente de las culpas cometidas, constituye un bien tan grande que. san Pablo no terminaba jamás de hablar de las culpas ya canceladas.
Con el bautismo, había lavado todo pecado precedente y, ahora vivía una vida tan pura, que la conciencia no le reprobaba ningún pecado para llorar; se refirió a aquellos pecados ya cancelados por el bautismo, diciendo: «Jesucristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores, y entre éstos, el primero soy yo» (l Tim. L:15); ahora confesando: «Me ha juzgado digno de confianza, llamándome al ministerio; yo antes fui un blasfemo, un perseguidor y un violento (l Tim. L:12–13), yo perseguí a la Iglesia de Dios y la desbastaba (Gal. 1:13); yo no soy digno de ser llamado apóstol» (1Cor. 15:9 ). De hecho, aunque estamos liberados porque absueltos de los pecados, sin tener que rendir cuenta, podemos todavía servirnos de ellos, para remover a nuestra alma e inducirla al amor de Dios. Por eso, cuando el Señor interrogó a Simeón a cuál de los dos deudores a los que prestó, habría amado más: «Supongo que aquél, al cual ha perdonado más» y se sintió responder: «Has juzgado bien» (Lc. 7 43).
Qué Compunción Corresponde al Perfecto y Cuál al Pecador
Recordando la multitud de pecados pasados, solamente así, reconoceremos la abundancia de la gracia de Dios; entonces nos inclinaremos a la humildad y seremos vigilantes; porque cuanto más graves fueron las culpas cometidas, tanto más grande resultará nuestra confusión.
Mientras Pablo recordaba los pecados anteriores, nosotros, en cambio, no recordamos ni las culpas cometidas después del bautismo, y las que corremos el peligro aún de cometer y de las cuales debemos examinarnos con un severo juicio. Si alguna vez, nos acontece recordar algún pecado cometido, casi tomados de una súbita emoción, rehuimos aun del más mínimo recuerdo que nos lleva el alma a la contrición; con una indulgencia inútil *y agravada por innumerables consecuencias tristes, porque sin tal contrición y con esta benignidad, no podríamos jamás confesar cómo se debe, las culpas precedentes. ¿Cómo confesarlas si solemos alejar su recuerdo? Y nos volvemos, cada vez más proclives a cometer nuevos pecados. Porque llegaremos a eliminar la pereza y la negligencia, en cuanto es posible, sólo si mantenemos vivo el recuerdo y el temor, en lo íntimo del alma. Pero si eliminas aun este freno, ¿quién podrá detenerlo de precipitarse sin temor, de abismo en abismo, hasta llegar al fondo de la perdición?
La Compunción de los Justos
A vosotros, que sois aventajados para obtener la compunción, bastará solamente que os recordéis de los beneficios de Dios, olvidados de vuestras virtudes; que os examinéis diligentemente por si habréis cometido pecado venial, con la mirada fija en aquellos santos modelos que fueron más aceptos a Dios; que meditéis continuamente sobre la inseguridad de nuestra condición futura y sobre la posibilidad de caer en pecado.
Lo temía aún Pablo, que dijo por eso: «Temo que después de haber predicado a los demás, no venga yo mismo descalificado» (1Cor. 9:27). De la misma manera lo meditó en su corazón David, quien, considerando los beneficios de Dios, dijo: «¿Qué cosa es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que te ocupes de él? ¡Lo has hecho un poco menor a los ángeles, de gloria y de honor lo has coronado!» (Sal. 8:5–6); pero olvidando sus virtudes aun después de la innumerable secuela de gestos verdaderamente filosóficos, llegó a decir: «¿Quién soy yo, Señor Dios, y qué es la casa de mi padre, para que tú me hayas amado hasta este extremo? Y esto pareció poca cosa a tus ojos, mi Señor: Tú has hablado también de la casa de tu siervo, para un lejano porvenir; por ti, ésta es la ley del hombre, Señor Dios. ¿Qué podría decirte más David?» (2 Sal. 7:18–20). Reflexionando continuamente sobre la virtud de los antepasados y, al compararse, se juzga una nada, después de haber dicho*. «Nuestros padres esperaron en Ti» (Sal. 21:5 ); de sí agregó: «Pero yo soy un gusano, no un hombre» (Sal. 21:7 ). La incertidumbre del futuro la tenía siempre ante los ojos, a tal punto de preguntar «Conserva la luz a mis ojos, para que jamás me sorprenda el sueño de la muerte» (Sal. 12:4 ). Se estimaba reo de tantos pecados y rezaba: «Perdona mi pecado que, verdaderamente, es grande» (Sal. 24:11).
La Compunción de los Pecadores
A vosotros, aventajados, bastará por eso solamente esta medicina; para nosotros, en cambio, hace falta otra, aquella potencia capaz de eliminar la soberbia y toda arrogancia. ¿De qué medicina hablo? De la multitud de los pecados y de la mala conciencia, dos cosas que cuando realmente las valoramos, no nos permiten aún queriendo, elevarnos soberbiamente hacia lo alto.
Por eso, en verdad, te invoco y suplico, por aquella confianza que, gracias a tus obras santas, has conquistado ante Dios; alarga tu mano hacia mí que no ceso de rogarte, para que pueda adecuadamente deplorar mi pasado y empapar con llanto el camino amigo que me conduce al cielo; para que no tenga que sufrir las penas de los condenados, descendiendo al infierno, donde nadie puede confesar los pecados, dado que, no hay nada más que pueda liberarnos. Mientras permanecemos aquí abajo, podremos recoger de vosotros, frutos sabrosos y podréis ser para nosotros, beneficioso en sumo grado; pero cuando hubiéramos llegado allá, donde ni amigo, ni hermano, ni padre pueden ayudarnos, entre las penas, entonces será irremediable sufrir el eterno suplicio en la angustia, entre las profundas tinieblas privados de todo consuelo, perenne bocado para el fuego devorador.