Al verte insistir continuamente con tan fervorosas oraciones para que yo te escriba sobre la contrición, oh feliz Demetrio, reconozco que siempre he admirado tu santidad y la verdadera pureza de espíritu; no se puede llegar, a desear semejante discurso, sin haber sido antes purificados y puestos sobre todas las cosas del mundo.
Se puede notar fácilmente en aquellos que, tomados por tales deseos, se van continuamente transformando hasta el punto de dirigirse con facilidad hacia el cielo: porque con el alma, casi libre de las preocupaciones del mundo, como liberada de angustiantes cadenas, pueden ya volar al lugar propio y connatural a ella. Es cierto que esto puede pasar muy raramente en los hombres comunes durante toda su vida, pero en ti, oh hombre verdaderamente de Dios, sé cómo eres, tomado siempre por este fuego de la contrición. Me lo pueden confirmar tus noches sin dormir, las lágrimas que derramas continuamente, el constante y siempre más fuerte deseo de soledad de tu espíritu. ¿Qué ventajas entonces podrás sacar de mis palabras?
Es cierto por el hecho que tú piensas estar todavía entre aquellos que caminan por la tierra, si bien has llegado a la cúspide de la contrición, y dices, hecha de piedra tu alma, que ya tiene alas (Ez. 11:19; 36:26); lo que me dices apretándome, besándome y bañándome con lágrimas la mano «rompe mi corazón endurecido» (Deut. 15:7; Sal. 94:8; Hebr 3:8:15); todo en ti es para tener presente: el testimonio divino de tu gran diligencia y de tu gran fervor.
Acepto, entonces, tu propuesta como jnuy sabia y providencial, sólo porque proviene de tu propósito de despertarme del sueño; si además, tú verdaderamente tuvieras necesidad de quien te haga salir de tu estado, no sabría hacerlo de manera distinta de aquella que me has enseñado, porque de mí, no puedes aprender nada. Cederé todavía y haré cuanto me pides, por cada uno de los motivos que aduces: sea para no desilusionar la esperanza que pones en Dios; sea para no negarme a un pedido, dictado con tanto empeño; sea para no traicionar el amor que me tienes.
Tú, de tu parte, retribúyeme con tus oraciones por este servicio, para que yo pueda, luego de lo que diré, enmendar mi vida; mientras tanto pueda expresarme dignamente, de manera adaptada para elevar los espíritus abatidos e incentivar y sacudir las almas relajadas.
Llorar los Pecados
¿Por dónde, he de empezar? ¿Sobre qué fundamento, y sobre qué base construiré este discurso? Seguramente, comenzaré con la expresión de Cristo que llama desgraciados a aquellos que ríen y felices a aquellos que lloran; me quedaré sobre sus palabras: ¡"felices los afligidos porque serán consolados; ¡ay! de vosotros que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!» (Mt. 5:5; Lc. 6:25).
Es verdad. El tiempo presente es una sucesión continua de aflicciones y lágrimas: tal el cúmulo de calamidades que ya aplasta completamente la tierra, los males que atenazan a todos los hombres. Haciendo un examen exacto, si tal examen fuera posible, no se terminaría de llorar y de afligirse; a tal punto todo es movimiento y ruina, que no hay un lugar que quede con señal de virtud.
Lo que es más grave, es el hecho que ni nosotros tenemos, ni a los otros damos jamás la posibilidad de tener, la sensación de los males que nos aprietan. Nos comportamos por las apariencias externas como florecidas, y por dentro, estamos consumados por el fuego de la grave enfermedad. Somos impasibles, como locos que hablan y actúan sin temer las consecuencias de lo que hacen, del peligro y de la vergüenza hacia las cuales van al encuentro; no solamente desvergonzados, sino hasta orgullosos de lo que hacen, teniéndose como más sanos que quienes están con ellos. Así como ellos actuamos también nosotros: estando enfermos y sin darnos cuenta de nuestra enfermedad.
Cuerpo Dolorido
Cuando el cuerpo, está afligido por algún dolor, ciertamente, nos preocupamos por llamar al médico y gastamos dinero haciendo de todo y no dejando nada, para librarnos completamente del dolor; no tenemos preocupación alguna por el alma, herida y dominada totalmente por las pasiones del cuerpo. ¿Por qué sucede esto? Acontece porque la enfermedad ha hecho presa de todos, y ocurre lo que a los enfermos del cuerpo que no encuentran quienes puedan curarlos: en estas circunstancias, no hay nada que pueda impedir que todos precipiten en la extrema ruma, si no aparece alguien que domine la avidez de lo irracional.
Así nos sucede, desde el momento que nadie está sano por la pureza de la fe, pues entre todos los enfermos, quien más quien menos, no hay nadie en condiciones de auxiliar. Si viniera a socorrernos de afuera alguien, verdaderamente formado según los preceptos del Cristo, capaz de destruir el mal que domina en nuestra vida, encontraría en nosotros a los peores enemigos de Cristo, tan obstinados estamos en seguir el camino de los que se preocupan por el sentido opuesto al de sus preceptos.
Las Penas Para Quien Ofende al Hermano
Para que no se juzguen excesivas mis palabras, intentaré ahora probar, no con cualquier argumento, sino con los entresacados de las prescripciones mismas de Cristo. «Habéis oído que fue dicho a los antiguos: no matar. Pues yo os digo: todo aquél que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal, pero aquél que llame a su hermano, «imbécil,» será reo ante el Sanedrín; y el que le llame «renegado» será reo de la gehenna de fuego.» (Mat. 5:21–22).
Las Injurias
Son palabras de Cristo, que nosotros hemos violado más de cuanto lo hacen los infieles, cada día colmando a los hombres de innumerables injurias. Cosa aún más grotesca es que evitamos llamarlos locos, pero no de lanzarles injurias, a menudo más graves, como si la pena fuese perdonada solamente por aquella expresión. No, no es así: con tal pena entiende condenar a cualquiera que haga injurias. Lo demuestran las palabras de Pablo que dice: «no os engañéis, ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.» (1Cor. 6:9–10).
Si quien dice a su hermano loco, merece tan dura condenación, ¿cuánto fuego de la Gehenna no merecerá el que le dice malhechor, maldiciente, temerario, vanidoso o tantas otras palabras ofensivas? Decir, pues, loco o estúpido es mucho menos grave que servirse de estas expresiones. Cristo omitió estas palabras, para que tú aprendieras que, si por un vocablo más soportable Él manda a quien lo pronuncia a la Gehenna, con cuánta mayor razón lo hará con los que usan términos más pesados o insoportables.
Si a pesar de esto, se quisiera condenar mi discurso como exagerado, en virtud de un tipo de interpretación, según el cual la amenaza sería hecha solamente para inspirar temor, pregunto porqué no excluir también de dicha condenación a los adúlteros, homosexuales, afeminados e idólatras. Es claro que si Dios hubiera amenazado para inspirar solamente temor a aquellos que dicen palabras injuriosas, el mismo principio tendría que valer para todos los enumerados entre los expulsados del Reino.
Castigo de Dios
Pero puede plantearse la objeción ¿ubicaríamos a un maldiciente en el mismo nivel de un adúltero, afeminado, avaro o idólatra? Dejo para otro momento la cuestión si Dios indistintamente castiga a todos con la misma pena, mientras examinamos cuánto está escrito sobre ellos, que no obtendrán el Reino. Creo a Pablo, más bien a Cristo, quien por medio de él habló; afirma que ni los unos ni los otros obtendrán la herencia en el reino de Dios. Se han dejado llevar a juzgar este discurso sobre nuestro futuro, como hiperbólico, alcanzable no sólo a éste, sino también a otros puntos. Es un lazo del diablo, que quiere eliminar el temor de la futura condenación de los corazones, dolidos por el amor de Dios, con la sola finalidad de hacerlos más frágiles en la observancia de los mandamientos. Se introdujo, mediante la simulación de la hipérbole, con el propósito de administrar a las almas, así débiles, una ilusión engañosa del tiempo presente y que prepara a la condenación en el momento del juicio, cuando ya no habrá más tiempo para merecer.
Pero dime, ¿quién se dejará engañar así? ¿qué utilidad sacará cuando, dándose cuenta del engaño, no pueda merecer más con la penitencia, en el juicio de la resurrección? No nos engañemos más a nosotros mismos para nuestro daño, convenciéndonos con razonamientos inconclusos (Ger. 37:9; 2Cor. 2:11; Hebr. 13:9). Porque merecemos la condenación más dura, al no creer en los preceptos de Cristo, además de no observarlos; la no creencia es fruto de la relajación en la observancia de los mandamientos.
El Remordimiento
Cuando dejamos voluntariamente de cumplir y observar lo mandado, llegamos a querer eliminar el pensamiento de las cosas futuras, por lo cual, nuestra conciencia queda gravada de pecado y angustiada; buscando de alejar el grave temor de las penas establecidas, no hacemos otra cosa que hundirnos en otro abismo mayor: el de no creer en estos tormentos.
Sucede entonces con nosotros, lo que sucedería a quien abrazado por la fiebre altísima, se echase al agua fría, con el resultado de no obtener un alivio, sino de agregar fuego al fuego. Así sometidos por la conciencia del pecado que nos remuerde, sentimos, también nosotros, la necesidad de encontrar una huida; y de las aguas que nos ahogan queremos refugiarnos en la hipérbole, pero sólo para continuar pecando sin temor alguno, porque no sólo nos irritamos con nuestros hermanos en su presencia, sino que fomentamos los pleitos en su ausencia, cosa que supera los límites de toda barbaridad. Nosotros que por temor, usamos tanta tolerancia humana con los más grandes y potentes que nos hacen injusticias y violencia, nos comportamos como enemigos con los iguales e inferiores que no nos dan motivo para lamentarnos. Tanto prevalece el temor de los hombres sobre el temor de Cristo.
Llorar la Prevaricación de la Caridad
Cobardes y altaneros, damos sin embargo, importancia a nuestra salvación. Pero decidme, ¿sobre cuál fundamento? Cristo no nos ha impuesto graves e insoportables pesos (Mt. 11:30: 23:4: 1Jn. 5:3 ), sino solamente de no enojarnos sin razón con los hermanos, porque es mucho más fácil soportar a quien se enoja sin razón con nosotros (Mt. 5:22). Porque aquí encuentras ya acumulado el material para encender la ira, mientras allí eres capaz de avivar el fuego sin algún motivo; no es la misma cosa, resistir cuando otro te prende fuego que quedarse sereno y tranquilo, cuando nadie excita en ti la llama. Pues quien, en el primer caso, se llega a calmar, testimonia una gran actitud, mientras .que quien logra observar el deber puro y simple, no es digno de particular admiración. Si por temor a los hombres, hacemos lo más difícil ¿imaginas qué grave pena y castigo vamos a recibir, por el hecho de rechazar la observancia de los mandamientos por temor a Dios?
Por eso, aprecia a tu hermano, no solamente al que es igual en dignidad y libertad sino también a quien sea tu siervo. El Apóstol, pues afirma que en Cristo Jesús no hay esclavo ni libre (Gal. 3:28). Castigando, entonces, a los esclavos sin motivo, caemos en la misma pena, siendo ellos nuestros hermanos, llevados a la verdadera dignidad y a un solo espíritu con nosotros.
Ahora ¿quién podría ostentar una vida libre de malversaciones o de manifestaciones de ira, irracionales y no motivadas? No me objetes que no faltan aquellos que sólo raras veces son vencidos por tal pasión; dime más bien, si hay alguien que no haya sido jamás víctima. Hasta qué no me lo hayas indicado, no podrás hacerme creer libre de la amenaza de tal pasión, continuamente en el asecho. Quien, pues, comete el pecado de robo o de fornicación, aunque una sola vez, por el solo hecho de no haber tenido más veces desvergüenza no evita el castigo. No, absolutamente, quien lo ha cometido es castigado.
La Reconciliación
Nos acercamos al altar enemistados, los unos contra los otros y en estado de ofensa, aunque Dios haya dicho: «Si ofreces tu oferta en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte con tu hermano, sólo entonces vuelve para ofrecer tu ofrenda» (Mt. 5:23–24). Sí, Dios ha tenido muy en cuenta nuestra reconciliación, pues ha tolerado dejar incompleto su sacrificio, interrumpiendo el servicio litúrgico, para que se terminen las enemistados y la ira; y nosotros, en cambio, no nos preocupamos, a punto tal que para nuestro daño alimentamos el rencor por días y días. Cristo no sólo condena a los vengativos, sino también a aquellos que aunque no tan maldispuestos se desentienden, sin embargo, de los hermanos ofendidos. Pero porque quien está herido se resiente y quien ofende no es presa fácil del resentimiento, Dios quiere de hecho comparar el primero con el segundo, siendo más digno de castigo el que fue a la raíz del pecado.
Nosotros, en cambio, lejos de hacernos educar según tal disciplina, por nada constristamos a los hermanos y luego de haberles constristado, no nos preocupamos por reparar el mal hecho, como si no lo hubiésemos cometido. De ellos nos olvidamos sin preocuparnos de la enemistad por tanto tiempo mantenida, no considerando que la pena será tanto más grave, cuanto más tiempo dejemos pasar sin reparar la ofensa, razón por la cual la reconciliación nos será siempre más difícil, con el pasar del tiempo. Como por el vínculo de amistad, no se da fácilmente valor y crédito a lo que divide, así en vez de prevenir la enemistad, nuestra alma busca y encuentra fácilmente algún motivo de desencuentro; creemos con preferencia al mal más que al bien.
Por eso, el Señor ordenó dejar el don sobre el altar e ir primero a reconciliarse con el hermano; quiere, pues, hacernos comprender que si no podemos absolutamente postergar la reconciliación en un momento como ése, tanto menos tenemos que postergarla en otros casos. Nos aferramos a las imágenes de la realidad, sin tener en cuenta la verdad que significan, como por ejemplo, cuando intercambiamos el beso en el momento de ofrecer el don, haciéndolo muy a menudo con los labios y con la boca, mientras el beso que el Señor quiere que demos al prójimo, es el que nace del alma, el beso del corazón. Éste es el verdadero beso, aquél en cambio es un gesto de escena teatral, un beso que dado de esta manera, más que aplacar a Dios, lo puede irritar. Pide de nosotros el amor sincero y profundo, no lo que es un simple signo formal, cuando se haya apagado completamente aquel fuego. Esto será más bien la expresión de la iniquidad que nos hace esclavos, como está escrito, «al aumentar la iniquidad el amor de muchos se enfriará» (Mt. 24:12). Así actuamos como hombres, a los cuales se les ha mandado no encolerizarse y no tener enemigos, o si los tenemos que sea sólo por un día, según lo que está escrito: «No se oculte el sol sobre vuestra ira» (Ef. 4:26).
Las Insidias
No nos limitamos solamente a esto, sino que no hacemos otra cosa que maquinar insidias los unos contra los otros, morder y devorar nuestros miembros con palabras y obras, actuando como verdaderos y propios locos; esto, es pues el más claro signo revelador de una innegable posesión diabólica o locura. ¿Cómo, pues, tenemos que comportarnos con el adversario? Según la ley que destierra también las desenfrenadas concupiscencias, las miradas desordenadas, el amor irregular que es la causa de ruinas (Mt. 5:27).
El ojo derecho y la mano derecha (Mt. 5:29) que debemos suprimir, están para significarnos las personas que nos tienen un amor ruinoso: ¿no es cierto que, a menudo, por eso está violada y pisoteada la ley de no repudiar la propia mujer? (Mt. 5:31–32).
Los Motivos de Contrición: Perjurio, Resistencia, Avaricia y Soberbia
Siento vergüenza de recordar las palabras del Señor que prohiben el juramento (Mt. 5:33–37), tanto si se jura continuamente, como si se perjura. Si el jurar, afirmando lo verdadero, es ya pecado y prevaricación de la ley, ¿dentro de qué categoría colocaremos al perjurio? Si no se considera más palabra del maligno, aquella que no va más allá del sí, sí, no, no ¿de quién viene la que va más allá de tal transgresión?
Está escrito además: «Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado» (Mt. 5:39; 39–42). ¿Qué cosa agregar a estas palabras? No nos queda por todo eso, más que llorar y cubrirnos de vergüenza, desde el momento que la vía por nosotros deliberadamente seguida, corre en dirección opuesta. Pasamos el tiempo siempre en criticar y en hacernos la guerra, en litigar y en tomarnos de los pelos; no soportamos la más mínima molestia de las acciones o palabras de los otros, al contrario guerreamos apenas sea posible, contra aquellos que nos ofenden.
Dar Libremente
Quizás objetarás entre otras cosas que, algunos por haber sido excesivamente generosos con los pobres (Mt. 6:1–4) han quedado reducidos a la pobreza y no han obtenido más que desprecio y malestar.
Responderé, diciéndote ante todo, que tales hombres son poco numerosos; además, que entre número tan limitado, no encontrarás ninguno de los que llamamos filósofos, a saber, que haya abrazado un género de vida más espiritual. Una cosa, es dar libremente y otra es someterse a sufrir una total privación.
¿Pero por qué hablar de sufrir? Cristo ha dicho algo mucho más importante (Mt. 5:38–42). Su discurso ha querido eliminar del corazón del ofendido la ira por la injusticia sufrida, no sólo hasta el punto de no lamentarse del robo padecido, sino hasta dar gustosamente cuanto le haya quedado, mostrándose deseoso de padecer el mal, con más ardor que el que muestran los que locamente nos ultrajan. Porque cuando el ofensor encuentra al ofendido, dispuesto a padecer más de cuanto él mismo no quiere y, lo ve aún deseoso de nuevos ultrajes, mientras él no haya completamente satisfecho su ira de ofender, termina con alejarse vencido y humillado de tal extraordinaria tolerancia. Como si fuese aún un salvaje o peor todavía, al comparar la propia maldad con su virtud, termina moderándose.
Pero estoy aún buscando semejante modelo de vida encarnado, y no lo encuentro más que en la Escritura. No puedes decirme que encuentras en otro lugar alguien que, insultado sufra con paciencia. Pues, sucede que algunos soportan por no poder hacer menos; pero si bien da pruebas de paciencia con sus semejantes y con quien puede ofenderlo, no llega al extremo de vencer la avidez, darle más de cuanto él pretende, o de mostrar su magnanimidad, con ofrecerle voluntariamente más de cuanto él puede arrancar por la fuerza.
Lo que ha ordenado Cristo es algo más sublime que toca los vértices de la perfección, es decir, tratar como amigos y aún más, de verdaderos amigos, a los que nos maltratan, poniendo sus manos sobre nuestros bienes, nuestras personas y demás cosas. Él dijo: «No solamente tienes que dar a quien te roba y se hace rico dañándote, sino también amarlo con gran cordialidad y sinceridad.» Sí, verdaderamente, esto quiso decir con estas palabras: «Oren por aquellos que les maltratan» (Le. 6:28); nosotros, normalmente, lo hacemos por aquellos que amamos mucho. Porque tú, por engaño diabólico pudieses interpretar estas expresiones hiperbólicas, Él las acompañó con oportuna argumentación y justa motivación, concluyendo: «Si amaseis a quien os ama, ¿qué mérito tendréis? También los publícanos hacen así. ¿Y si saludareis a aquellos que os saludan, qué cosa hacéis demás? ¿No lo hacen así también los paganos?» (Le. 6:32). Ahora, si en esto no nos comportamos diversamente de los publícanos y de los paganos, ¿cómo podremos no afligirnos y llorar de modo adecuado?
Amar a los Enemigos
Tal vez, nuestra malicia se limita a esto solo. No solamente estamos lejos de amar a los enemigos, sino que llegamos a rechazar y odiar también a aquellos que nos aman. Los rechazamos y odiamos al mirarlos con ojos malos, al envidiarlos, mediante insidias contra la fama y el buen nombre con cuanto hacemos y decimos, no sólo no distinguiéndonos de los paganos, sino teniendo un comportamiento aún peor que el de ellos. Cristo nos ha ordenado orar (Lc. 6:28) por quienes nos injurian y no hacemos más que tramar engaños; hemos recibido la orden de bendecir a quienes nos maldicen, y no hacemos más que cubrirlos de infinidad de maldiciones, y por otro género de motivos. Tantos son entonces, los defectos que corrompen a nuestras obras buenas. ¿Quién actuando así, pecaminosamente, podrá salvarse?
La Vanagloria
¿Qué cosa puede ser más grave que estar en abierto conflicto con Aquél que tales órdenes nos ha dado, resistiéndole y colocándonos en una postura diametralmente opuesta a la que ha ordenado? De hecho, hemos crecido en nuestra vanagloria, en esta tiranía que quiere destruir en lo que sigue del discurso (Mt. 6:1–6), a tal punto que ella domina sobre nosotros, no sólo en las oraciones, ayunos y limosnas sino también, en todos los demás campos, haciéndonos con tal locura más esclavos que aquellos que lo son, comprados con dinero. Todos lo ven, y no quiero, entonces, agregar más que la siguiente observación: algunos se muestran dispuestos a recibir los desprecios más extremos, pero no se preocupan de observar el precepto que conviene; otros, preparados para obedecer al menos en pequeña parte y buscando observar algunos entre ellos, incurren en la misma pena de los inobservantes, por no haber querido deponer las cadenas de la vanagloria: hay quien no hace absolutamente limosna; y hay quien da de lo que posee a los necesitados, haciéndolo por vanagloria, con lo cual no se comporta mejor del que no da nada. He aquí cómo el maligno puede hacer caer a todos de muchas maneras en la trampa.
Si alguno, llegase a evitar por una parte tal mal, he aquí cómo locamente precipita en una caída, aún más grave que la evitada, con la cual será castigado por el hecho en sí y también por la malicia que le agrega. Me consta que muchos socorren a los necesitados no tanto por la causa en sí, el temor de Dios y sus mandamientos, sino por respeto humano.
¿Quién podrá jamás recitar con confianza la oración: «perdónanos nuestras deudas así, como nosotros perdonamos a nuestros deudores»? (Mt. 6:12). Aunque no hiciéramos algún mal a nuestros enemigos, conservamos vivas las heridas recibidas. Cristo quiere no sólo que les perdonemos, sino, que los tengamos también entre los primeros amigos; por eso ordenó también, rezar por ellos ('Mt. 5:4 3). Por lo tanto si no le haces mal, pero los miras con ojos menos benévolos, conservando en el corazón la herida viva, tú no observas el mandamiento de Cristo.
Misericordia
¿Cómo podrías rezar que Dios te sea propicio, cuando no te mostraste misericordioso con quien te ha faltado el respeto? Dice un sabio, hablando sarcásticamente de semejante modo de actuar: «el hombre que conserva la cólera hacia el otro hombre, nunca puede atreverse a pedir al Señor su salvación. Si no tienes misericordia para tu semejante ¿cómo osas orar por tus pecados? ¿Si él, que es solamente carne, conserva rencor, quién usará indulgencia con él por los pecados cometidos»? (Sir. 28, 3–5).
Sobre esto quiero ya callar;-en este momento la vergüenza y el rubor me impiden proseguir el discurso, porque continuando tendría siempre más claramente que denunciar la guerra que hacemos contra los mandamientos de Cristo, y la enemistad que tenemos en oposición al Mensaje. No obstante ésto, ¿qué ventaja hay en callar, cuando los hechos por sí solos, son elocuentes en deplorar tal guerra, y Aquél que nos juzgará, conoce perfectamente bien cada cosa antes que la hagamos?
Pasemos al mandamiento de atesorar no sobre la tierra, sino en el cielo (Mt. 6:19–20; Lc. 12:3 3). Hay quien lo observa por deber. Bien pocos. Los otros, pues, actúan como si hubiesen entendido lo contrario, es decir como si el Mensaje les hubiera revelado que tenemos que acumular tesoros sobre la tierra, desinteresándonos del cielo y pensando solamente en los bienes de la tierra; locamente no hacen más que acumular riquezas y dan importancia al dinero, a precio de odiar a Dios. Respecto del precepto que dice: «no os preocupéis por el mañana» (Mt. 6:34), me resulta que a causa de nuestra poca fe, no hay uno solo que lo escuche y lo observe. Cubriéndome de vergüenza, lo quiero mencionar rápidamente, porque mientras se tendría que creer a la simple afirmación de Cristo, nadie de nosotros da muestras de creerle cuando son indiscutibles, no sólo sus razonamientos, sino también los ejemplos que nos ha traído, el de los pájaros y el de la hierba (Mt. 6:26. 30: Lc. 12:28). Por lo tanto, continuamos preocupándonos, al modo de los paganos, quizá también con mayor pusilanimidad de tales preocupaciones, por las cuales no fuimos invitados a rezar.
No Juzgar
Me abstendré entonces por rubor, de hablar de este mandamiento para pasar al siguiente, para ver si es posible reponerme un poco de la vergüenza anterior. ¿Qué cosa está escrita seguidamente?, «no juzguéis para no ser juzgados» (Mt. 7, 1). Mientras creía encontrar una cierta compensación por aquella vergüenza, veo en cambio, sobrevenir abominaciones no menos graves que las precedentes, transgresiones que, aun si no hubiésemos cometido otras, serían suficientes para arrojarnos en la parte más profunda de la Gehenna; al mirar las vigas de nuestros ojos, somos severísi-mos en juzgar, como en los tribunales, las culpas de los otros y pasamos toda nuestra vida, intrigando con los hechos de otros y condenándolos.
Es difícil encontrar a alguien liberado de tal pecado; nadie lo está mientras viva en el mundo, sea monje o eclesiástico. Sin embargo, sobre tal culpa, pesa una tremenda amenaza: «Con el juicio con el cual juzguéis, seréis juzgados, y con la medida con la cual midáis, seréis medidos» (Mt. 7, 2). Aunque este pecado haya tenido tan grave sanción y no nos traiga ningún provecho, todavía todos incurrimos en él, con extraño apresuramiento, casi preocupándonos en llegar, no por uno sino por muchos caminos, al fuego de la Gehenna. Sí, todos igualmente caímos en pecados que aparentemente cuestan fatiga, o en aquellos que son más fáciles de cometer, realizando indiferentemente los unos y los otros; caímos en las transgresiones más leves, demostrando que evitamos los graves, sólo por perezosos y no por el valor dado a los mandamientos. Dime, ¿qué fatiga cuesta no condenar al prójimo por sus faltas y el no meterse en las cosas de otros? Lo contrario es lo que cuesta, el averiguar y juzgar al prójimo.
Observar los Mandamientos Acumular Tesoros en el Cielo
¿Quién podrá negarme razón a lo que digo? Unánimemente, todos aceptan que somos inobservantes, más por pereza que por decidida voluntad. Pero si se admite que cuanto está ordenado sea fácil y ligero y cuanto está prohibido sea difícil y pesado, cuando así transgredimos los mandamientos y nos empeñamos por lo que está prohibido, ¿no actuamos –como dicen nuestros enemigos– sólo por contraponernos a Dios? Que observar los preceptos de Cristo no sea fatigoso, lo ha dicho expresamente El mismo: «Tomad mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt. 11:29). Pero nosotros, por cobardía incalificable, hacemos aparecer a todos, pesado lo que es ligero.
Ciertamente para quien no quiere trabajar y vigilar, le parecerá un continuo peso el tomar alimento y beber; pero los hombres vigilantes y abstinentes, no rehuyen las empresas más admirables y difíciles, al contrario se animan a enfrentarlas con más valor que aquellos perezosos y dormidos que realizan las acciones más fáciles. Ninguna cosa, pues, aun si fácil, podría no sernos demasiado pesada y difícil, sino somos haraganes e inertes y además ninguna cosa fatigosa y dificultosa podría no sernos demasiado fácil, si somos empeñosos y entusiastas.
Dime pues, ¿puede haber alguna cosa más desagradable que ponerse a salvo día a día, enfrentar las amenazas de la muerte? (1Cor. 15:3 0–31). Todavía San Pablo se detuvo y habló del «peso momentáneo y ligero de la tribulación que nos proporciona una cantidad inconmensurable y eterna de gloria» (2Cor. 4:17). Porque, si la cosa es pesada por naturaleza, se hace ligera por la esperanza de las cosas futuras; ésta es la razón que el mismo Pablo dijo: «porque nosotros no fijamos la mirada sobre las cosas visibles, sino sobre aquellas invisibles» (2Cor. 4:18).
Discreción con los Paganos
Pero pasemos a considerar lo que Cristo continúa diciendo: «No deis las cosas santas a los perros y no echéis vuestras perlas a los cerdos» (Mt. 7:6). El lo ha dicho, evidentemente, dándonos una orden, pero nosotros por vanagloria y absurda ambición, hemos interpretado la prescripción tergiversando sus términos; y con ligereza, indiscriminadamente y sin previo examen, admitimos corruptores infieles, personas llenas de todo vicio, a la comunión de nuestros misterios (1Cor. 10:16). Les revelamos todos los «artículos de la fe, sin que antes hayan dado segura prueba de la propia intención y acogemos en masa en los sagrados recintos, a gente que no tendría que ver aún el vestíbulo. Por esto, algunos, así, intempestivamente iniciados, muy pronto se han retractado, dándose a toda suerte de maldad. Tal terrible precepto lo transgredimos no sólo respecto a los no cristianos, sino también entre nosotros, cuando teniendo que participar en los inmortales misterios, los realizamos muy a menudo, en estado de impureza y descaradamente.
Además, nosotros desordenamos no solamente dichos preceptos, como todos pueden ver, sino también aquellos que siguen. Si Cristo, pues, ha dicho: «Todo cuanto queréis que los hombres os hagan, también vosotros hacédselo a ellos,» (Mt. 7, 12), nosotros, en cambio, les hacemos lo que de ellos no queremos padecer.
La Puerta Angosta
Sometidos, luego, a entrar por la puerta angosta, buscamos por todos los lados, encontrar la espaciosa (Mt. 13–14; Lc. 13:24); y no sorprendería si solamente los seglares la abrazan y la prefieran; pero más que ellos, la van buscando importantes personalidades que, aparentan estar crucificadas, no terminando jamás de maravillar al aparecer más bien como un enigma. Si, pues, pedís a un monje cualquiera, casi a todos, venir a prestaros algún servicio, esto es lo primero que inmediatamente contestan: querrán saber si en esto, podrán continuar con su tranquilidad; si quien les pide algo, puede asegurarles la paz; desde el principio al fin, no hablan de otra cosa que de serenidad. Pero ¿qué dices buen hombre? ¿Has recibido el precepto de recorrer el camino incómodo y pides tranquilidad? ¿Tú, que has recibido el mandamiento de entrar por la puerta angosta, vas buscando la ancha? ¿Podría darse desconcierto peor? Para que no creas que lo digo por manía de condenar, te contaré lo que me ha pasado.
No hace mucho, había decidido abandonar la ciudad y retirarme a las celdas de los monjes; también yo no hacía más que esto. Me preocupaba cómo podría proveerme de lo necesario, posiblemente comiendo pan fresco del día; quizás, obligado -a usar el mismo aceite para, la lamparilla y para el alimento; quizás, obligado a comer las miserables verduras y estar a duro trabajo; como carpintero, llevar leña, acarrear agua o prestar otro servicio de cualquier especialidad; en síntesis, me preocupaba mucho de mi tranquilidad, mientras que los que reciben de los príncipes, ministerios públicos y administraciones, no se plantean ningún problema de esta naturaleza, sólo les interesa saber si tendrán ganancia temporal.
Las Preocupaciones de los Trabajadores
Estos pues, una vez que se atreven a esperarlo, no piensan más en las preocupaciones, peligros e ignominias; en el deber de estar sometidos como esclavos; en las prolongadas ausencias de la patria; en la permanencia en tierras extranjeras; en las ofensas; en los chismes, en los cambios de situaciones; en las esperanzas frustradas a menudo antes de conseguir el propósito; en las muertes prematuras; en la separación de los familiares; en la soledad de la mujer y los hijos, y en toda otra dificultad; pero se enloquecen por la avidez de las riquezas y se someten a todo lo que creen que les permita obtenerlas. Al contrario, a nosotros, que no se nos ofrece dinero o tierra, sino el cielo y los bienes, «que ojo no vio ni oído oyó, ni jamás entraron en el corazón del hombre:"(1Cor. 2:8 ), estamos buscando si tendremos la tranquilidad; ¡cómo somos más miserables y débiles que ellos!
¿Qué dices hombre? ¡Debes prepararte para el cielo, recibir el reino de lo alto, y vas preguntando si a lo largo del camino de aquí abajo, en el tiempo de peregrinaje, tendrás alguna incomodidad! ¿No te avergüenzas y no te enrojeces? ¿Cómo no vas a sepultarte bajo tierra? Aunque fueras al encuentro de todos los males que pasan a los hombres, calumnias, violencias, infamias, denuncias, espada, fuego, hierro, fieras, estrecheces, hambre, enfermedades y cuántas otras aflicciones desde principio hasta ahora trae consigo la vida, ¿tú no te reirías sin darle ningún valor? ¡Dime, si le dedicarás el menor pensamiento! Pero entonces ¿quién más estúpido, más miserable y más desgraciado que tú? Digo que quien está aprisionado por el ansia de las cosas del cielo, no sólo no tiene que buscar la tranquilidad, sino tampoco gustar de ella, si la tuviese ya a su disposición. Sería indecente que, mientras los amantes perversamente inflamados por sus amados, no encuentran gusto en otra cosa y entre tantas y tantas cosas no piensan nada más que en sus encuentros, nosotros, no dominados por amor perverso sino por el absolutamente supremo, no tuviéramos como vil la tranquilidad, si la tenemos y vayamos en su búsqueda, si no la poseemos.
Ejemplo de Pablo
Hasta hoy, querido, nadie ha tomado como un deber el deseo de las cosas celestes; de lo contrarío, juzgaremos como una sombra, mejor un juego para reír, cuanto nos aparece tan serio. Quien mira a las cosas presentes, no puede jamás ser digno de ver las futuras; quien, en cambio, tiene por vil las presentes, juzgándolas todas como sombra o sueño, conseguirá grandes bienes espirituales. Cuando el bien toma posesión de él, esto se asemeja al vigor que tiene el fuego, entre las espinas; arroja rápidamente del alma todo mal, incitándola con terrible látigo, aun cuando la encuentre afligida por innumerables males y en gran número la tengan maniatada las cuerdas de los pecados; cuando también la quemen las ardientes llamas de las pasiones, y tenazmente la opriman un inmenso tumulto de preocupaciones mundanas.
La Compunción
Como el polvo liviano no puede resistir la fuerza de un viento furioso, así también, una infinidad de perversas pasiones, no puede sostener el ímpetu penetrante de la compunción; todo desaparece y se desvanece más rápidamente, que el polvo y que el humo. Por otra parte, si el amor físico por una mujer, subyuga a tal punto el espíritu que, lo distrae de toda otra cosa y lo esclaviza con la tiranía de la amiga, ¿qué cosa no puede hacer el deseo de poseer o el temor de perder a Cristo? Como es difícil, más bien, absolutamente imposible, mezclar el fuego con el agua, de la misma manera creo, lo es mezclar la voluptuosidad con la compunción, cosas contrarias que se destruyen la una con la otra. Porque la compunción es madre del llanto y la templanza, aquella en cambio, de la risa y de la locura; la primera vuelve al alma ligera y alada, la segunda la hace más pesada que el plomo. No buscaré de demostrarlo con mis palabras, sino con aquellas de una persona, totalmente poseída del santo deseo, de Pablo, el ardiente enamorado de Cristo que, por tal deseo fue a tal punto traspasado que, lloró porque tenía que aún esperar en esta vida, lejos de la patria: «En realidad, cuantos estamos en este cuerpo, suspiramos» (2Cor. 5:4 ). Deseaba y anhelaba, todavía, permanecer aún aquí abajo por Cristo: «porque –agregaba– que yo quede en la carne es más necesario para vosotros» (FU. 1:24), para que la fe en Cristo fuese difundida. Por eso soportó el hambre, la sed, la desnudez, las cadenas y la muerte, las peregrinaciones por el mar, los naufragios y todos otros males por él enumerados, (Rom. 8, 35–36) no solamente sin sentir su peso, pero hasta con alegría, por amor a Cristo. Por tanto dice: «Pues en todas estas cosas, nosotros somos más que vencedores por virtud de Aquél que nos ha amado» (Rom. 8:37).
No te maravilles, porque si el amor humano ha hecho muy a menudo a los hombres intrépidos hasta enfrentar la muerte, ¿qué cosa no hará en nosotros el amor a Cristo? ¿Qué dificultad no podrá aliviar? Para Pablo todo era soportable, porque miraba únicamente a su dilecto y, por El estimó mejor –como de hecho es mejor– sufrir todo mal que concederse todo placer y gozo. Pensaba no permanecer más sobre la tierra, en vivir la vida presente y de estar presente entre los hombres, sino haber obtenido ya la tranquilidad del cielo, en compañía de los ángeles, en la posesión del Reino y en la alegría de vivir cara a cara con Dios.
Por eso, él despreciaba tanto los gozos como las penas de la vida presente, ni pensaba tampoco en la tranquilidad que nosotros continuamente vamos buscando, pero exclamaba: «Hasta este momento sufrimos hambre, sed, desnudez; somos golpeados, vamos vagando de lugar en lugar, nos fatigamos trabajando con nuestras manos; insultados, bendecimos; perseguidos, soportamos; calumniados, confortamos; somos hechos como la basura del mundo, el residuo de todos, hasta hoy» (1Cor. 4:11–13).
Amor por Cristo
Pero ¿por qué hablar de su desprecio por las miserias de esta vida? El deseo de Cristo lo dominaba de tal manera que, aunque le fuese propuesto soportar eternamente tales penas por amor a Cristo, absolutamente no las habría rechazado. Porque no servía a Cristo como nosotros que obramos por temor a la Gehenna y anhelamos el Reino como mercenarios; sino que, dominado por más noble y santa ansia, no sufrió y obró por otra cosa que para apaciguar su ardiente anhelo de Cristo. Tal amor dominó sus pensamientos con tal fuerza que, gozoso habría abandonado cuanto más estimaba por estar con Cristo.
Por Cristo habría preferido también su abandono, es decir habría abrazado como cosa deseada, aún preferible, tal indecible dolor...
Una vez, pues, que había dirigido los ojos del alma al cielo y se enamoró de aquellas bellezas, no dejó que descendieran sobre la tierra. Pablo, hizo como aquel pobre necesitado, encerrado por todo el tiempo de su vida entre las paredes de una obscura y miserable casa; cuando vio por azar un rey, entre los esplendores del oro y de las piedras preciosas, no tuvo más en consideración su miserable morada e hizo lo imposible para cambiarla, posiblemente con la del rey. Así el Santo, habiendo visto las cosas del cielo, despreció las miserias de aquí abajo y si bien tuvo que permanecer en el cuerpo entre los hombres, no quiere de ninguna manera volver a mirar las cosas del presente, dirigiendo todo a la ciudad de lo alto.
Con Pablo y los Apóstoles Imitemos el Amor por Cristo
Lo que dije aquí, a muchos parecerá difícil de comprensión; pero si lo clarificara a cuantos pareció difícil, posteriormente resultaría increíble.
No hay que maravillarse desde el momento que hasta el Santo, no se ilusionaba de ser creído, pero dijo: «Yo proclamo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me los testifica en el Espíritu Santo» (Rom. 9:1).
No obstante su discurso, y si bien apelara para confirmarlo al testimonio de su conciencia, Pablo aún hoy, no es creído. ¿Qué quiere decir? Ante todo, habló de las miserias de este mundo, diciendo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? Quizá la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Rom. 8:35). Luego, después de haber pasado lista a todas las miserias de la tierra, se elevó a las cosas del cielo, para decir que no es nada importante despreciar por Cristo, los sufrimientos de aquí abajo. Por último agregó: «Ni los ángeles, ni principados, ni virtudes, ni presente, ni futuro, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Cristo, en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom. 8:38; 38–39).
He aquí, lo que él quiere decir: «No me podrán separar de este amor, no solo los hombres, sino tampoco los ángeles; no tendrían tal fuerza las potestades de los cielos, puestas todos juntas; y ¿qué digo?, no temería tampoco por Cristo, tener que precipitarme del Reino y caer en la Gehenna. Altura y profundidad, vida y muerte no tienen otro significado.»
Habló así, además, no porque los ángeles, de hecho, lo quisieran separar de Cristo. Recurrió a estas palabras que jamás sucederían, sólo para poder expresar y dar la clara sensación a todos, del gran amor que lo poseía. Sucede a los enamorados, no poder tener oculto en silencio el amor y manifestar la llama a todos los íntimos, para dar tregua al ardor del deseo que quema sus almas con hablar continuamente. Tal fue el comportamiento del Santo, cuando abrazó en su decir todas las cosas, presentes, futuras y pasadas y jamás en grado de existir visibles e invisibles, las que molestan y las que calman. Como si no le alcanzaran las cosas existentes, para volcar en ellas su pasión, supuso e imaginó tantas otras inexistentes –otra criatura se refiere a cosas inexistentes–, y así razonó para decir que de todas las cosas mencionadas, ninguna podrá separarnos del amor de Dios, en Jesucristo nuestro Señor. Así elevó su pasión a tan sublime extremo, y nosotros, a quienes fue prescripto imitarlo (1Cor. 4:16; 11:1 ), no somos capaces de soportar ni aun las aflicciones de aquí abajo. Nos afligimos e irritamos no menos que el que arde por la fiebre: sufrimos de grave enfermedad, de una enfermedad que, teniendo dominada nuestra alma, con el tiempo llega a ser incurable: de la verdadera salud no tenemos precisa idea, y ya no creemos que sea posible sanar completamente.
Los Apóstoles
Cuando oímos hablar de los apóstoles, al escuchar las gestas ejemplares, deberíamos afligirnos por nuestro comportamiento, tan lejano del de ellos; en cambio, no lo juzgamos ni siquiera pecaminoso y nos dejamos llevar como si tal actitud de perfección fuese imposible. ¿Por qué? El por qué lo encontramos muy fácilmente en esta absurda justificación: «Aquél era Pablo, él era Pedro, él Juan.» Pero qué significa: 'Aquél era Pablo, él era Pedro.» Dime, ¿no eran también ellos de la misma naturaleza? ¿No vinieron al mundo por el mismo camino? ¿No crecieron, nutriéndose igualmente como nosotros? ¿No respiraron el mismo aire? ¿No usaron las cosas de las cuales nosotros nos servimos? ¿Quizás algunos de ellos no tuvieron mujer e hijos? ¿Algunos'no ejercitaron también la profesión en el mundo, y algunos no estaban también- sumergidos en el pozo del mal? ¡Pero ellos -se objetará– fueron los privilegiados de la gracia de Dios! Si hubiésemos recibido el mandato de resucitar a los muertos, abrir los ojos a los ciegos, limpiar a los leprosos, enderezar a los cojos, expulsar a los demonios o sanar otras enfermedades, no estaría fuera de lugar tal justificación.
Pero, si la cuestión propuesta se refiere a las costumbres de nuestra vida y a la prueba de nuestra observancia, ¿este discurso qué tiene que ver con aquello? También tú, con el bautismo has recibido el poder gozar de la gracia divina y participar del Espíritu, no para obrar prodigios sino para conducir una vida recta y santa; la perversión tiene su origen solamente en nuestra malicia. En aquel día, Cristo premiará no a quien haya obrado prodigios, sino a aquellos que hayan, simplemente, observado los mandamientos: «Venid, benditos de mi Padre, a recibir en herencia el reino, preparado para vosotros, desde la creación del mundo; no porque hayáis obrado prodigios, sino porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me hospedasteis, desnudo y me vestísteis, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme» (Mt. 25:3 4). Entre las bienaventuranzas, pues, no se recuerdan los que obran prodigios, sino aquellos que llevan una vida recta.
La Compunción es la Maestra de la Virtud, Colaboradora de la Gracia
Supongamos el ca.so que hoy, haya desaparecido el carisma de los milagros. Esto, no nos podrá perjudicar y ni tampoco lo podremos utilizar como excusa para justificarnos, cuando rindamos cuenta de nuestro obrar; no por los milagros admiramos a los santos –porque esto proviene de la potencia de Dios- sino porque dieron prueba de vida angélica.
Tal vida es fruto de la gracia suprema y del empeño humano; esto no lo digo yo, sino Pablo, verdadero imitador de Cristo. Cuando, pues, escribiendo a los discípulos, denunció a los falsos apóstoles y quiso evidenciar la distancia que media entre el ministerio laudable y el engañoso, no lo hizo recurriendo a los milagros, sino a la práctica de la perfección.
He aquí cómo se expresa: «¿Son ministros de Cristo? Estoy por decir una locura, yo lo soy más que ellos: más por las fatigas; más por las cárceles; infinitamente más por los castigos; a menudo en peligro de muerte; cinco veces he recibido de los Judíos, treinta y nueve golpes; tres veces fui azotado; una vez fui lapidado; tres veces naufragué, he transcurrido un día y una noche a merced de las olas; viajes innumerables, peligros de ríos, peligros de asaltantes, peligros de mis connacionales, peligros de los paganos, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros sobre el mar, peligros por parte de los falsos hermanos; cansancio, trabajo y vigilias sin número, hambre y sed, frecuentes ayunos, fríos y humedad. Y además a todo esto, mi preocupación constante por todas las Iglesias. ¿Quién es débil que no lo sea yo también? ¿Quién recibe escándalo que yo no tiemble?» (2 Co. 11:23–29).
Yo admiro a los apóstoles en cuanto que, aparte de la gracia a ellos concedida por divina disposición para realizar prodigios, no solamente rechazaron hacerse admirar, sino que se hicieron reprobos, a la manera de aquellos de los cuales Cristo había dicho: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y lanzado demonios y realizado muchos milagros? Yo entonces les diré jamás os he conocido: alejaos de mí, obradores de iniquidad» (Mt. 7, 22–23).
Por eso, también, amonestaba a sus discípulos: «no os alegréis porque los demonios se os someten, sino porque vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc. 10–20). Una vida recta, sin milagros será coronada, ni será menos premiada por no haberlos obrado: al contrario una vida inicua, aun con milagros, no podrá evitar el suplicio.
La Gracia y la Voluntad Humana
El argumento que nos proponen es ocioso; no solamente es superfluo sino también peligroso, e incita a los heréticos a tomarlo como pretexto. Si la admirable conducta de los apóstoles, no dependiese de la libre voluntad sino solamente de la gracia de Cristo ¿qué cosa impediría a todos llegar a ser como ellos?
Lo primero que exige la gracia es la colaboración, de lo contrario se difundiría de la misma manera en todas las almas, en cuanto para Dios no existe acepción de personas; precisamente, porque exige nuestra colaboración, estimula y permanece en algunos, mientras se retira de otros e inclusive, no llega a alcanzar el primer momento.
Que Dios haya concedido a Pablo la gracia, poniendo primero a prueba su libertad de elección, cuando todavía éste no había manifestado en sí nada maravilloso, lo puedes entender de las palabras que dice el Señor de él: «Él es para mí, un vaso de elección, preparado para llevar mi nombre a los pueblos, a los reyes y a los hijos de Israel» (Hechos 9:15).
La gracia no actuaba aún cuando dio este testimonio, Aquél que penetra en nuestros corazones. No nos engañemos, carísimos, diciendo que es imposible ser como Pablo. Ciertamente, en cuanto a la gracia y a los milagros, no podrá jamás existir otro Pablo; pero en cuanto al compromiso de vida, cualquiera podrá ser como él, y si no lo es, depende tan sólo del hecho que no lo quiere.
No sé, cómo he llegado a la absurda pretención de buscar entre los hombres de hoy, uno semejante a Pablo. No logro ver a ninguno semejante que se encuentre en tercer o cuarto lugar después de él. De aquí, la necesidad de la aflicción, lágrimas y llanto, no sólo por uno o dos días sino por toda la vida, porque quien perseverare en tal actitud, difícilmente podrá pecar. Si no crees a mis palabras, examina la conducta de quien está afligido. Consideremos a uno que está triste por las aflicciones del mundo, no a uno de aquellos que llevan vida laboriosa, sino a un afeminado que no sepa hacer otra cosa que darse a los placeres.
Buscar la Verdadera Filosofía
Gente de este género, se preocupa sólo de beber y de saciar el estómago, prolongando los almuerzos hasta la tarde y la cena hasta medianoche; rapiña al otro y no perdona ni al pobre, ni a la viuda ni al necesitado; se demuestra tan cruel y sólo cuando fuese golpeado por un luto grave, que abate y perturba el espíritu, abandona toda clase de molicie e iniquidad, cambia de vida, abrazando otra filosofía, demostrando rigor, velando o durmiendo en la tierra, con fuerza de ánimo, practicando ayunos, silencio, moderación, humildad y gran humanidad.
Aunque acostumbrados a robar a los demás, tales individuos están dispuestos a prodigar sus propios bienes; si se le amenazara quemar la casa, parece que no se angustian. He conocido a muchos que, después de perder uno de sus seres más queridos e íntimos, abandonaron la vida de la ciudad con sus comodidades, por aquella de la campaña; construyeron habitaciones cerca de las tumbas de los antepasados y allí terminaron su vida. Pero de esto, hablaré en otra ocasión.
Es cierto, que cuando sienten el luto, no piensan en lo que sucede a su alrededor; alejan del alma, quemándolo con el fuego del desconsuelo como heno o la flor del heno, la loca manía de acumular riqueza y poderes y gloria ante el vulgo. Ellos, entonces, dirigen sus pensamientos a tan sublime filosofía, y no soportan que se les hable de los deleites de la vida presente; no sólo se retractan, sino sienten gran amargura por todo lo que antes les producía placeres.
En este momento, pues, ninguno de sus familiares y de sus amigos osarían romper el silencio y hablar de las cosas del mundo, aun de las más necesarias. Todas estas cosas, están eliminadas por los filósofos; se contentan con sus razonamientos porque sus espíritus se han educado en el luto, como en un sagrado lugar, para reconocer la nada de la naturaleza humana, la fugacidad del mundo presente, la corruptibilidad e inestabilidad de la terrena existencia que se desarrolla, como una escena en el teatro de la vida.
En estas circunstancias, no se estiman más las riquezas; no hay más lugar para la ira, ni para la ambición. En aquel que es triturado por el dolor, no hay lugar para anidar a la envidia, ni para la loca exaltación de la soberbia, ni para encenderse en sensualidad. Puestos, pues, en fuga los pensamientos de todo género, sólo caben los que le inspiran la imagen del difunto que es su alimento y bebida, su sueño, placer y gran consuelo, que vale para él gloria, riqueza, potencia y delicia.
La Compunción como luto por la Perdición de Dios
De la misma manera, también para nosotros es necesario llorar por la pérdida de nuestra salvación; a esto tenemos que dirigir la mirada del alma y con similar deseo y ardor, fijar la memoria y la imaginación.
Aquellos que han perdido hijos y esposa, absolutamente, no quieren volver la mente a otra cosa que a evocar la imagen de quien fuera arrancada de ellos, propiamente lo contrario de nosotros que, habiendo perdido el reino de los cielos, en todo pensamos, menos en esto.
Ninguno de éstos, aun de los más auténticos de sangre real, se avergonzará por observar el luto habitual; se sienta en tierra y llora amargamente; cambia los vestidos y se preocupa que nada falte al cortejo; no se preocupa del alimento ni de la. salud, ni aun de aquellas enfermedades que son consecuencia de tales penas, sino que todo lo soporta con ánimo muy sereno. Testimonian el luto no solamente los hombres, sino cosas peores soportan las mujeres, aunque son más débiles de salud.
Nosotros, en cambio, que no lloramos hijos o esposa, sino la pérdida de la nuestra vida y no la ajena, aducimos como justificación y pretexto la debilidad física, la delicadeza con la cual fuimos formados. ¡Y ojalá fuera sólo ésto! Descuidamos de cumplir también aquello para lo cual no es necesario esfuerzo físico. Dime, ¡qué esfuerzo físico exigen la contrición del corazón, la oración del ánimo, temperante y vigilante, la revisión de las propias culpas, la emancipación de todo orgullo o frenesí, la humildad y actitud del pensamiento! Son cosas que, mientras nos vuelven aceptos a los ojos de Dios, no requieren gran fatiga; con todo no las hacemos.
El Vestido de la Penitencia
Nuestro dolor, en cambio, no impone solamente vestirse de penitencia, encerrarse en la propia habitación y estar allí en la oscuridad, sino más bien recordar siempre las propias debilidades, examinar la conciencia, comparándola con los rectos pensamientos, medir constantemente la extensión del camino que nos queda por recorrer para el reino de los cielos.
Me preguntarán, cómo se puede realizar ésto. ¿Cómo? Teniendo siempre presente la Gehenna y sus ángeles, que giran alrededor tuyo en todo lugar y en todo momento, que van recogiendo de todas partes del mundo, cuantos están por precipitarse en el infierno; y meditando, para evitar la Gehenna, y el grave daño de la pérdida del Reino. Aunque no estuviéramos amenazados por aquel fuego, y por las penas eternas, el pensamiento de estar lejos de aquel Cristo, entregado a la muerte por nosotros, es ya de por sí, el más grave suplicio, idóneo para despertar del sueño a las almas e inducirlas por siempre a la templanza.
Pues, si al leer el ejemplo de las cinco vírgenes, dejadas afuera de la casa nupcial, por la falta de aceite, nos afligimos con ellas de tal desgracia, y estamos preocupados al pensar que podemos sufrir por pereza, la misma pena de ellas, ¿quién será todavía tan insensible y casi de piedra, para incurrir en tal negligencia, no obstante el fuerte aguijón de aquél ejemplo?
Aquí, se podría continuar y alargar todavía más este tratado, escrito sólo por obediencia y no por otro motivo; pero puede bastar y ser más que suficiente cuanto se ha dicho.
Del resto, sé que tú conoces bien todo lo relacionado con la virtud de la compunción; y estás en condiciones, aún callando, de participar a otros su conocimiento, con el requisito de que quieran vivir santamente contigo, o ver con sus ojos, cómo tu vida está sacrificada. De ti han de aprender la compunción, los contemporáneos que se alojan en tu casa y los que vendrán después que escucharán lo que se dirá de ti. Pienso pues, que la sola narración de tu vida, bastará para convertirlos.
Te ruego y suplico que quieras intercambiar el favor, recompensándome con tus oraciones, de manera que yo no. tenga sólo que hablar sino también, dar una viva demostración de compunción. Porque el enseñar y el no practicar no acarrea ganancia alguna, y es también, causa de grandes castigos y condenas para quien fuese tan negligente, en regular la propia vida. Está escrito pues: «No quien me dice, Señor, sino quien hace y enseña, éste será llamado grande en el reino de los cielos» (Mt. 5:19; 7:21).